Lorenzo estaba seguro de haber
sido otra persona en una vida anterior. En su afán demostrativo había aportado
pruebas—refutables todas ellas—de que él había muerto en 1912 ahogado en el
Titanic.
La primera vez que me lo comentó,
no sabía qué era. Me comentó un extraño sueño en el que se había levantado
espantado, sudoroso, pero sin el alivio que dan los gritos. No podía expresar
palabra y así, como ahogado—verbatim—volvió a dormirse en un sueño inquieto. Me
contó que su madre lo había despertado completamente arropado por las sábanas
una de las cuales le tapaba todo el rostro y que al liberarse de las ataduras
nocturnas tenía ciertas marcas—siempre desmentidas por la madre—en el cuello,
como si algo lo hubiera martirizado, arañado durante el sueño. Me lo contó una
fría mañana, neblinosa, de las pocas con ese atmosférico en la ciudad. Y pensé
que el tiempo iba a cambiar pronto y que, igual que otras personas adolecen de
ciertos dolores en los huesos con la meteorología, Lorenzo sentiría de sueños o
pesadillas.
Yo no sueño. Aunque expertos en
avatares cerebrales—psicólogos en el vulgo—dicen que es imposible que eso
suceda. Yo insisto en que si sueño, no recuerdo. Y, como no recuerdo, puedo
decir que no sueño, porque no ha habido nada que me moleste por las noches. Es
mentira, en parte, porque sí que he soñado algunas veces. Pocas. Algunas de
ellas bien angustiosas, de las de alzarse gritando en las noches aterrorizado.
Recuerdo 3 en mi vida adulta, mi familia de mi infancia dice otras. Pero no las
recuerdo y si no hay recuerdo, no existen para mí. Puede ser cabezonería, pero
soy pragmático, lo que no se recuerda, no ha existido. Y de lo que se recuerda,
existe en función de esos recuerdos. Ahora, claro, resulta más compleja la cosa
contando que siempre puede haber algún imbécil que te grabe y estropee el
encanto. Ya no hay historias, hay documentos y no es lo mismo.
Lorenzo volvió a soñar con esos
ahogos y supuestas marcas—vueltas a negar por su señora madre doña Paz—dos vez
más que yo recuerde. Me contaba que él bajaba unas escaleras cubiertas de agua,
sin poder respirar y viendo como si la gente alrededor flotara en el aire, que
era agua en sus propias palabras, pero que en el sueño, de nuevo según él, era
difícil de distinguir pues a pesar de lo vívido uno no sentía la humedad…no
obstante, dijo, los sudores no eran tales sino restos del agua. Contradicho. No quiero adelantar, pero la
madre nos comentó en petit comité que a sus años seguía orinándose de vez en
cuando en la cama. Algo de familia pues el abuelo del niño siguió orinándose en
la cama una vez al mes porque, según él, si los animales marcaban el territorio
de la hembra, él podía hacer lo mismo. Sí, el abuelo lo hacía consciente una
vez acostado, pero consciente. El padre biológico de Lorenzo tuvo problemas de
incontinencia hasta que abandonó a la madre por la psicóloga que lo trataba de
aquello. Las malas lenguas dicen que más que dejar de orinarse, la supuesta
doctora le dio un ultimátum que la madre de Lorenzo nunca supo, o quiso darle.
Pero Lorenzo no parecía tener más problemas que el de aquella incontinencia
extraña que lo inundaba cada noche. Las poluciones nocturnas que a todos nos
acucian a ciertas edades no le llegaron o, si lo hicieron, se le confundieron
con la orina que seguía manando nocturna. Eso me ayudó a comprender su ausencia
en los no pocos campamentos que hicimos sus amigos, una vez al mes. Nunca vino
y pensábamos que su muy posesiva madre no se lo permitía por falta de fondos,
aunque le habíamos ofrecido pagarle alguna estancia. No impedía nada de esto,
ni los sueños, ni su incontinencia que Lorenzo fuera un niño feliz, nacido en
un país próspero. Eran mediado de los 90.
Teníamos 16 años para 17 cuando
estrenaron la primera versión de Titanic. La película llegó, cómo no
recordarlo, rodeada de una estela comercial que la hacía cada vez más atrayente
para los jóvenes. Las chicas, enamoradas sin piedad de Leonardo di Caprio,
pedían a los chicos que las acompañaran y les dieran la mano mientras se hundía
el infinito el pelele con el rostro del actor. Yo creo que los chicos, salvo
los marcadamente homosexuales, íbamos a ver si entre lágrima y lágrima,
podíamos meter mano a la chica que sollozaba sobre nuestro hombro. Del mismo
modo, vi, por primera vez en mi vida, muchachos con muchachos. Y aunque no era
una aberración para mí, educado en las libertades, fue un poco chocante ver
aquello por primera vez. Me río ahora, años después, cuando tengo tantos amigos
casados con hombres con los que, como no puede ser de otra manera, convivo.
Pero entonces fue la primera vez que observé aquellos comportamientos. Pero no
tiene nada que ver con mi historia, y disgrego demasiado. Yo fui al cine con
Lorenzo y dos chicas. Me fascinó la película. Me semejó majestuosa. Aquel film
era una maravilla de la técnica. Ahora que han pasado los años creo que estaba
sugestionado por tantas cosas escuchadas alrededor de aquel nombre. Y es que
quien estuviera allí, consciente, recordará cómo hasta los noticieros de las
principales cadenas del país llenaban parte de sus espacios hablando de aquel
mítico barco sumergido por azares del destino. Se buscaban, en los mismos
telediarios, imágenes antiguas, se explicaba la leyenda, se hablaba. Hubo una
de esas fiebres fílmicas, no era la primera, no fue la última.
Lorenzo estuvo en éxtasis toda la
película. Como traspuesto, los ojos perdidos en la pantalla. Creo que se orinó
encima, aunque él juró que el refresco con que entró a la sala se le había
volcado en los pantalones. Recuerdo que al salir del cine se fue, dejándome con
las dos muchachas y arruinándome la noche, pues la que se quedó sola, ambas
compañeras del instituto al que también acudíamos mi amigo y yo, comenzó a
aburrirse y a desear volver a casa, ante lo cual no quiso o no pudo negarse la
otra.
Cuando volví a ver a Lorenzo,
unos días después, pues había estado enfermo—un gripazo, según él mismo (lo que
me contó luego la madre, fue otra cosa)—no era el mismo adolescente que yo
conocía. Se había quedado arrobado. De mirada perdida, sonrisa falsa. Mantuvo
el primer puesto en el instituto y fue a la universidad un año después. Ahí le
perdí la pista. Yo me dediqué al periodismo, creo que él hizo historia.
Volví a saber de él hace menos de
un año. Su foto aparecía en la página de sucesos de un periódico de segunda
clase, un panfleto morboso. Muerto. Apareció flotando en el lago de la Casa de
Campo, descubierto por una prostituta que hacía un servicio contra un árbol. La
muchacha de origen africano, vio algo raro, que no era una barca, flotando
sobre las aguas del lago, borroso con las primeras luces del amanecer que hacen
que todo parezca azulado. Se llevó un par de bofetadas, declaró en el informe
al que tuve acceso, por no chuparla bien. A la segunda salió corriendo bajo
amenazas de muerte. Llamó a la policía, diciendo que era como los cuerpos que
ella veía desde la patera de los compañeros muertos en la travesía que la había
traído de un infierno a otro. La policía encontró, efectivamente, un cuerpo de
un varón de unos treinta y tantos años ahogado. Era la mañana del 15 de abril
de 2012 y se cumplían cien años del hundimiento del barco más avanzado para su
época. En una escueta nota, Lorenzo Cepeda León decía que era su destino cien
años después.

