domingo, 8 de noviembre de 2015

Qué culpa tengo yo de que entre nosotros
Se interponga el pasado y la muerte traicionera.
Cómo luchar contra el dolor que crece, amurallado,
En tus sentidos.
Cómo derrotar al ejército de tus miedos
Si sólo puedo darte mi sonrisa
Que sé que desbanca por un rato,
Te debilita un segundo,
Pero insuficiente ariete,
Vuelve el pavor a la caída.
Quiero derrotarte y asesinar
El dolor que se clava en lo profundo
De tu ejército y que hagamos un acuerdo,
Pero debes dejarme que venza un segundo
Sin olvidar quién eres.
No espero que niegues aquello que
Te ha construido, quiero sólo
Que lo dejes a un lado un momento
Y que entre yo a reconstruirte dejando intactos tus sentidos,
Derrotados en el dolor de una vida injusta.
Quiero que mi sonrisa amanezca más que un minuto
Y que el sol derrita tus hielos, un momento.
Que me dejes hacerte mío, un segundo
Que recuperes la esperanza,
Que el pasado sólo sea el abono del futuro.
Pero la muerte traicionera y el dolor ingobernable
Tienen las armas levantadas contra mí
Y yo sólo tengo pocas provisones, insuficientes
Ante el inmenso daño que has sufrido.
Si bajas tus defensas prometo no dolerte,
Prometo repararte entre mis brazos,
Y calentar el frío eterno del dolor que te apaga.
Cuando decidas hacerlo, espero ser aún
Quien te asedie para conquistarte.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Veroño


El calor desmiente al otoño. El sol, todavía demasiado cálido, se trasluce en las hojas muertas que, ajenas a la temperatura, cumplen su ciclo. Cada tarde el cielo arde como si fuera agosto y la ropa, sacada ya del olvido, sobra y se refugia esperando su momento. Odio este verano prolongado, me gusta sentir el frío de la muerte del año y no alargar el primor perezoso de la canícula. Algunos animales se afanan en procurarse comida para el, calendariamente hablando, no tan lejano invierno. Parece que sólo los humanos seamos conscientes de la longitud del calor resistiéndonos a vestir de oscuro y largo, prefiriendo los alegres colores de manga corta. Es otoño, el almanaque no engaña, tampoco lo hace el tamiz de la luz que cambia mientras el sol muere. Pero parece que a pesar de estar seguro de su muerte, este año el Astro quiere morir matando, se niega a perder su fuerza y al estertor del cambio de estación. Es otoño, ojalá lo fuera de verdad, con las mañanas frescas y las noches heladoras, con todo muerto y la piscina olvidada y ya no ansiada. De momento es sólo un escenario, todo dice una mentira mientras los rayos del sol nos invitan a no creerla. Es…veroño.

lunes, 7 de septiembre de 2015

La melena breve, las gafas, como la mirada, inteligentes, cuerpo ligeramente enjuto y, lo más interesante, lo más atractivo, lo más cautivador, un libro entre las manos. Los ojos breves y azules recorrían las líneas rápidamente, ajenos los oídos al ruido de aquella estación de Metro, hormiguero sonoro e irrespetuoso en el que ya poca gente se refugia en la lectura del papel impreso. Por eso me gustó. Por eso decidí sentarme a su lado. La falda por debajo de la rodilla, aún de verano por el tejido y una blusa semi-cerrada que dejaba imaginar unos pechos redondos y virginales, apetitosos como dos melocotones sin morder en una tarde de canícula. El olor a sudor del mediodía pero mezclado con una cuidada limpieza matutina era leve y sólo tan cerca como me encontraba sería perceptible. Sin darme cuenta me estaba poniendo cachondo. Hacía años que una mujer no me hacía sentir vivo. La última que lo hizo…bueno, mejor no recupero memorias dolorosas.
El tren sonó sin verse, quedaban unos pocos segundos para que apareciera y ella se levantó, grácil, cerrando el libro, uno de un tal Marías, y deteniendo la página con el dedo. Qué hermosura enhiesta. Era el momento, ya me había hecho perder mi ser, tenía que acercarme lentamente y en el momento adecuado hacerlo, sin miedo para poder superar mis miedos. El tren se detuvo a la entrada de la estación y entró más lento de lo normal. Cuando los faros estaban a unos centímetros de aquellas esculturales piernas la empujé. Y sentí crujir sus huesos bajo las ruedas metálicas, el rostro desencajado del conductor, gritos de la gente, el tren sin llegar a completar el andén y yo eyaculé en los pantalones nuevos que me habían dado al salir del sanatorio. Ah, tantos años sin sentir aquello y nada más ver la luz del sol y sumergirme en las entrañas urbanas pude hacer el amor sin dudarlo, qué extraña sensación es el orgasmo que ni siquiera me percaté de que me pegaba la policía ni que me llevaban, ad eternum a esta celda en que cumplo mi condena. Ya no habrá permisos, pero mereció la pena follármela.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Me dices que el pasado siempre vuelve, que nada de lo hecho, ni siquiera huyendo hacia delante, se deja realmente detrás.

Tiemblo un poco, lo mínimo porque sabía que este momento iba a llegar. Debería haberme ido mucho más lejos, a un lugar incógnito, donde poder disfrutar de la anonimia. Pero no en este país, si no en otro, quizás al otro lado de las montañas, o del océano, pero no tan cerca donde llegar en barco cueste menos de 24 horas. Un vuelo de más de 15 desalienta. Pero no lo hice. Tampoco teñí mi pelo, ni engordé y/o adelgacé. Ni tuve cuidado con las llamadas, y de donde tú vienes, tan pequeño y tan chismoso, pueblo de mierda, todo se sabe. Y para tantos mi pequeña huida era un pecado a pagar con lo que vienes a entregarme, la muerte. Sé rápido y no me hagas sufrir, no me cosas a puñaladas, por favor, odio la sangre. Por suerte has traído tu escopeta de cazador de piezas mayores, para cuando quiera darme cuenta estaré yaciendo en el suelo y por la fuerza del disparo, si tengo alma ésta saldrá despedida del cuerpo. Quizá lo merezco por estúpida, porque pensé que a pesar de la primera hostia después de no correrme como una perra en tu coche, fue sólo una. Luego vinieron más y por razones tan nimias como aquella: no gritar como una puta, quemar la comida, no abrir la puerta cuando venías borracho del trabajo…tantas hostias que no puedo contarlas. Decidí tomar aquel autobús, el único que pasaba por allí y todo el pueblo me vio. En realidad, sólo la Encarna, la panadera, hija de perra, que no tardó en correr el rumor de mi salida. Lo sé, porque mi madre me lo dijo en una de las pocas llamadas que le hice para no darle pistas de dónde vivía. Y fui feliz, y pude rehacerme, y sobrepasé mis miedos y tengo un nuevo novio, respetuoso y cariñoso, que no sabe ni qué es la violencia. Espero que llegue después de que me mates, no quiero que le hagas nada a él, que está por llegar para un polvo apetitoso antes de salir a cenar con los amigos que nunca preguntaron mi pasado y que aceptan que tenga miedo a casi todo sin cuestionarme. Así que hazlo ya, sí, lloro, pero hazlo, ten cojones por una vez en tu vida, fue mi culpa no ocultarme mejor y dejarte entrar, y abrirte la puerta sabiendo a qué venías. Seré una más en los diarios que saldrán mañana en la alborada.

lunes, 17 de agosto de 2015

La Paloma


He viajado al pasado sin pensarlo. Salgo a la calle y mientras las nubes amenazan con un ataque incontrolado recorro una historia que no existe. Gente vestida clásicamente, una procesión a la que sólo le falta el palio. La tradición y la modernidad pelean, mientras un obispo con sotana sonríe a sus feligreses pensando en la sobrina que lo espera en casa, la cena caliente, el sexo virginal…o eso cree. Una imagen religiosa recorre bendiciendo calles llenas de homosexuales que lloran a su paso, rogándole no morir apaleados en el callejón en que se refugiarán para un sexo fugan e insatisfactorio. Un hombre travestido de chulapa, pañuelo blanco y falda negra se arrodilla en una esquina al paso de la imagen, oculto de la muchedumbre, realiza la primera felación de aquella tarde. El olor a entresijos y galiinejas se confunde con el incienso y la gente comulga con morcilla y chorizo, consagra la sangría o el tinto de verano y entran en un éxtasis destructivo, ajeno a toda devoción religiosa. Al fondo la congregación desaparece y vuelve el silencio. Sacudo el ensueño y descubro que no he viajado al pasado, sólo ha sido el cruce de dos planos, el real y el pasado, donde se mezclan la tradición y el presente, donde no sé si soy yo o un ser reencarnado.