jueves, 14 de febrero de 2013

Titanic


Lorenzo estaba seguro de haber sido otra persona en una vida anterior. En su afán demostrativo había aportado pruebas—refutables todas ellas—de que él había muerto en 1912 ahogado en el Titanic.

La primera vez que me lo comentó, no sabía qué era. Me comentó un extraño sueño en el que se había levantado espantado, sudoroso, pero sin el alivio que dan los gritos. No podía expresar palabra y así, como ahogado—verbatim—volvió a dormirse en un sueño inquieto. Me contó que su madre lo había despertado completamente arropado por las sábanas una de las cuales le tapaba todo el rostro y que al liberarse de las ataduras nocturnas tenía ciertas marcas—siempre desmentidas por la madre—en el cuello, como si algo lo hubiera martirizado, arañado durante el sueño. Me lo contó una fría mañana, neblinosa, de las pocas con ese atmosférico en la ciudad. Y pensé que el tiempo iba a cambiar pronto y que, igual que otras personas adolecen de ciertos dolores en los huesos con la meteorología, Lorenzo sentiría de sueños o pesadillas.

Yo no sueño. Aunque expertos en avatares cerebrales—psicólogos en el vulgo—dicen que es imposible que eso suceda. Yo insisto en que si sueño, no recuerdo. Y, como no recuerdo, puedo decir que no sueño, porque no ha habido nada que me moleste por las noches. Es mentira, en parte, porque sí que he soñado algunas veces. Pocas. Algunas de ellas bien angustiosas, de las de alzarse gritando en las noches aterrorizado. Recuerdo 3 en mi vida adulta, mi familia de mi infancia dice otras. Pero no las recuerdo y si no hay recuerdo, no existen para mí. Puede ser cabezonería, pero soy pragmático, lo que no se recuerda, no ha existido. Y de lo que se recuerda, existe en función de esos recuerdos. Ahora, claro, resulta más compleja la cosa contando que siempre puede haber algún imbécil que te grabe y estropee el encanto. Ya no hay historias, hay documentos y no es lo mismo.

Lorenzo volvió a soñar con esos ahogos y supuestas marcas—vueltas a negar por su señora madre doña Paz—dos vez más que yo recuerde. Me contaba que él bajaba unas escaleras cubiertas de agua, sin poder respirar y viendo como si la gente alrededor flotara en el aire, que era agua en sus propias palabras, pero que en el sueño, de nuevo según él, era difícil de distinguir pues a pesar de lo vívido uno no sentía la humedad…no obstante, dijo, los sudores no eran tales sino restos del agua.  Contradicho. No quiero adelantar, pero la madre nos comentó en petit comité que a sus años seguía orinándose de vez en cuando en la cama. Algo de familia pues el abuelo del niño siguió orinándose en la cama una vez al mes porque, según él, si los animales marcaban el territorio de la hembra, él podía hacer lo mismo. Sí, el abuelo lo hacía consciente una vez acostado, pero consciente. El padre biológico de Lorenzo tuvo problemas de incontinencia hasta que abandonó a la madre por la psicóloga que lo trataba de aquello. Las malas lenguas dicen que más que dejar de orinarse, la supuesta doctora le dio un ultimátum que la madre de Lorenzo nunca supo, o quiso darle. Pero Lorenzo no parecía tener más problemas que el de aquella incontinencia extraña que lo inundaba cada noche. Las poluciones nocturnas que a todos nos acucian a ciertas edades no le llegaron o, si lo hicieron, se le confundieron con la orina que seguía manando nocturna. Eso me ayudó a comprender su ausencia en los no pocos campamentos que hicimos sus amigos, una vez al mes. Nunca vino y pensábamos que su muy posesiva madre no se lo permitía por falta de fondos, aunque le habíamos ofrecido pagarle alguna estancia. No impedía nada de esto, ni los sueños, ni su incontinencia que Lorenzo fuera un niño feliz, nacido en un país próspero. Eran mediado de los 90.

Teníamos 16 años para 17 cuando estrenaron la primera versión de Titanic. La película llegó, cómo no recordarlo, rodeada de una estela comercial que la hacía cada vez más atrayente para los jóvenes. Las chicas, enamoradas sin piedad de Leonardo di Caprio, pedían a los chicos que las acompañaran y les dieran la mano mientras se hundía el infinito el pelele con el rostro del actor. Yo creo que los chicos, salvo los marcadamente homosexuales, íbamos a ver si entre lágrima y lágrima, podíamos meter mano a la chica que sollozaba sobre nuestro hombro. Del mismo modo, vi, por primera vez en mi vida, muchachos con muchachos. Y aunque no era una aberración para mí, educado en las libertades, fue un poco chocante ver aquello por primera vez. Me río ahora, años después, cuando tengo tantos amigos casados con hombres con los que, como no puede ser de otra manera, convivo. Pero entonces fue la primera vez que observé aquellos comportamientos. Pero no tiene nada que ver con mi historia, y disgrego demasiado. Yo fui al cine con Lorenzo y dos chicas. Me fascinó la película. Me semejó majestuosa. Aquel film era una maravilla de la técnica. Ahora que han pasado los años creo que estaba sugestionado por tantas cosas escuchadas alrededor de aquel nombre. Y es que quien estuviera allí, consciente, recordará cómo hasta los noticieros de las principales cadenas del país llenaban parte de sus espacios hablando de aquel mítico barco sumergido por azares del destino. Se buscaban, en los mismos telediarios, imágenes antiguas, se explicaba la leyenda, se hablaba. Hubo una de esas fiebres fílmicas, no era la primera, no fue la última.

Lorenzo estuvo en éxtasis toda la película. Como traspuesto, los ojos perdidos en la pantalla. Creo que se orinó encima, aunque él juró que el refresco con que entró a la sala se le había volcado en los pantalones. Recuerdo que al salir del cine se fue, dejándome con las dos muchachas y arruinándome la noche, pues la que se quedó sola, ambas compañeras del instituto al que también acudíamos mi amigo y yo, comenzó a aburrirse y a desear volver a casa, ante lo cual no quiso o no pudo negarse la otra.

Cuando volví a ver a Lorenzo, unos días después, pues había estado enfermo—un gripazo, según él mismo (lo que me contó luego la madre, fue otra cosa)—no era el mismo adolescente que yo conocía. Se había quedado arrobado. De mirada perdida, sonrisa falsa. Mantuvo el primer puesto en el instituto y fue a la universidad un año después. Ahí le perdí la pista. Yo me dediqué al periodismo, creo que él hizo historia.

Volví a saber de él hace menos de un año. Su foto aparecía en la página de sucesos de un periódico de segunda clase, un panfleto morboso. Muerto. Apareció flotando en el lago de la Casa de Campo, descubierto por una prostituta que hacía un servicio contra un árbol. La muchacha de origen africano, vio algo raro, que no era una barca, flotando sobre las aguas del lago, borroso con las primeras luces del amanecer que hacen que todo parezca azulado. Se llevó un par de bofetadas, declaró en el informe al que tuve acceso, por no chuparla bien. A la segunda salió corriendo bajo amenazas de muerte. Llamó a la policía, diciendo que era como los cuerpos que ella veía desde la patera de los compañeros muertos en la travesía que la había traído de un infierno a otro. La policía encontró, efectivamente, un cuerpo de un varón de unos treinta y tantos años ahogado. Era la mañana del 15 de abril de 2012 y se cumplían cien años del hundimiento del barco más avanzado para su época. En una escueta nota, Lorenzo Cepeda León decía que era su destino cien años después.

jueves, 7 de febrero de 2013

Apático


Estaba sentado frente al ordenador, un portátil más, de gran pantalla, con la penúltima versión de Windows instalada y una versión pirata de office que le hacía la vida más fácil. La ventana sólo reflejaba la luz de su lámpara multicolor que se perdía en el infinito de la noche. A esas horas ya no se apreciaban las pocas plantas que rodeaban el marco de cristal. A esas horas, en aquella nocturnidad alevosa, uno podía pensar que sólo el infinito se abría tras los cristales. Una imaginación inquieta aventurarse en una idea apocalíptica de último superviviente. Pero hacía tiempo que ya no era aquella mente calenturienta presta a imaginar otros mundos diferentes. Y menos aquellos días en los que su mente, como el caballo de Atreyu en la novela de Michael Ende, se había sumergido en un pantano de difícil paso, lleno de deseos de nada. La apatía, que es un cáncer de eterna metástasis, lo inundaba todo. La mente se embotaba. Los dedos, como autómatas, marcaban las teclas en una red que se hacía ociosa e inútil. Un barco a la deriva. Una música de acento castizo embobaba más el ambiente. Nada por hacer…sólo la vida. Pero ningún deseo de darse al trabajo. Cualquier vuelo de mosca ávida de fluidos se convertía en excusa perfecta para alejar los ojos, la mente, el alma de cualquier trabajo productivo. Apatía. Se acostó sin sueño, pero mejor aquella postura de camuflaje sobre el colchón, sin agobios. La mente, en cualquier caso, estaba dormida: la única diferencia, la apertura de los ojos. Sintió, curioso, una cierta necesidad de masturbarse. El placer nocturno lo acució como un zorro a las gallinas. Pero tampoco sentía ganas de aquello que se había hecho rutina. No obstante abrió una de esas páginas, los dedos la encontraron solos sobre el teclado, y se tocó durante unos minutos. Se limpió, encestó la limpieza en la papelera, apoyó la espalda sobre aquella mierda de silla y luego se levantó. Vagó desnudo, con el pene fláccido por la habitación, disfrutó de su imagen en el espejo. Se volvió a sentar, había habido un disparo de lucidez—le pasaba tantas veces después del onanismo—y trató de juntar algunas palabras en el procesador de texto. Una, dos, tres líneas, un párrafo…se acabó en el último acento de una palabra aguda terminada en s. Se le fue al ir a escribir una mayúscula y sintió de nuevo el inmenso peso de la noche, la desgana vital. Seleccionó todo, negro como la noche. Borró—suprimió que es más explícito—y miró por la ventana sin ver, sin sentir. Recostó en la silla su día eterno, cerró los ojos. Apagó la máquina y se lanzó de cabeza a las almohadas que lo aguardaban. Mejor así, no hay nada que hacer, nada con que aburrirse. Mañana será otro día…o será el mismo con otro nombre.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Imposible título


Llevo tanto tiempo sin escribir. Sin dedicarle un segundo a la escritura personal…que tengo ahora anquilosado el músculo de la escritura. Me da pereza empezar cualquier cosa. Y supongo que también miedo. Miedo a  volver al camino, miedo a no saber qué escribir, ni cómo hacerlo ya. Es como si hubiera algo ahí clavado que no deja fluir mis pensamientos, y eso, también, da miedo. No es como montar en bicicleta, por mucho que otros se empeñen, no. Esto, sino lo ejercitas, se convierte en cáncer y a la hora de recuperarlo la quimioterapia es tan dolorosa que la mayoría decidimos no volver por esos caminos. A veces nos sorprende una frase genial y entretenida, algo que de seguirlo sería un buen relato, quizá una buena poesía o un ensayo…pero no. Ya el miedo instalado como los cuervos sobre un cadáver paraliza. Es cruel este temor. Es injusto. Sobre todo cuando uno ve la facilidad que tienen otros de seguir por las baldosas amarillas que llevan hacia Oz mientras otros están perdidos en el tornado del las brujas cardinales.

Llevo tanto tiempo sin escribir. No, ya sé que no es miedo. Es pereza, es no saber administrarse el tiempo, es dejarse llevar por las corrientes que azotan mis ramas. Tengo el virus dentro, pero se ha enquistado y no quiere funcionar, ha engordado, ha mutado y ha encontrado un lugar calentito donde establecerse sin tener que trabajar más. Es una lástima. Quizá tenga que llevarlo al gimnasio, pero ¿cómo? Si yo mismo no sé si quiero volver a sacarlo y temo que salga, porque yo mismo, no ya el virus de la escritura, me he vuelto perezoso y acomodado sin hacerlo. Porque ya no quiero buscarle el tiempo que necesita. Porque pienso que sólo en negro sobre blanco para imprimir es lo que vale, sin darme cuenta de que es lo contrario que esto se construye de otra manera. Y que hay que hacerle un hueco cada día, sin dejarse llevar por la comodidad de las noches en la cama.

Llevo tanto sin escribir. Quizá sea tiempo de volver a buscarle un hueco. Despacio el buscarlo. Pero hacerlo, redirigir mis pensamientos, tratar de imaginar y dejarlo fluir. Lo voy a intentar, aunque no prometo nada de los resultados.

jueves, 5 de julio de 2012

El viajero del siglo, Andrés Neuman

Me resulta muy difícil caracterizar este libro y, sin embargo, me atrevería a decir que es uno de los mejores libros que he leído últimamente.
Lo que podría haberse quedado en novela romántica, sin más, se convierte en una novela total que toca todos los géneros, que los incluye alrededor de su argumento  y que por eso la hace tan compleja a la hora de definirla.
La historia es una de esas de amor que, si la leéis ya sabréis cómo acaba. Alrededor de ello se crea una compleja red de reflexiones-enmarcadas generalmente alrededor de una tertulia y, por tanto, al más puro estilo decimonónico-alrededor de la filosofía, la literatura, el pensamiento que hacen de la novela un total muy interesante.
El autor se ha tomado el enorme trabajo de reflejar algunos de los más grandes poetas, sobre todo alemanes y británicos, del XIX a los que presenta brevemente, pero esas pinceladas, al menos a mí, hacen que me apetezca sumergirme en esa propia poesía que aparece en el libro.
Aparecen, a su vez, reflexiones que aún todavía siguen vivas, especialmente aquellas del debate entre la fe y la razón que reflejan, a partir de la mente de los personajes las de los filósofos más conocidos de ese siglo, y que nos unen a los personajes que, todavía siendo personajes del XIX parecen completamente actuales.
Los dos personajes actuales están magistralmente creados, pero también el resto, que hace de la novela un agradable marco de eso que pudo ser la sociedad que trata de reflejar.
El autor, además, crea la sensación de irrealidad y magia que no es lo cual hace más agradable la lectura pues uno se va deslizando esperando algo fantástico cuando no deja de ser algo completamente realista y normal. Quizá esa sea la magia mejor conseguida de esta novela. Uno espera soluciones fantásticas pero son sólo eso, sensaciones.
Es una novela densa, que merece leerse despacio y tranquilamente, muchas veces incluso tomando nota. 
Le pondría un 8 sobre 10

lunes, 4 de junio de 2012

Feria del Libro 2012

Como todo hijo de vecino, estoy en crisis económica. Por ello este año, en vez de lanzarme con la avidez habitual a la compra de libros en la Feria del Libro de Madrid, he hecho una compra tremendamente selectiva: tres libros de poesía.
¿Por qué poesía? Primero por el placer que me produce la lectura de este género, ya minoritario, pero que posee voces nuevas e interesantes que me gusta descubrir (algunas las había descubierto, es algo lento, pero provechoso). Porque la poesía es un género especial, diferente que me fascina y que disfruto leyendo.
Porque creo que se debe aprender leyendo. Me gusta escribir poesía a menudo, pero mientras encuentro mi propio estilo, aprendo de los que van por delante de mí y que han escrito y trabajado tanto en algo en lo que yo debo seguir escribiendo y elaborando. 
Hiperión es una editorial muy interesante, ya establecida, con uno de los premios de poesía más prestigiosos de este país (el Hiperión de poesía) y con una colección de traducciones de otros autores como Poe, Kavafis, Rilke, bien interesante. 
Así pues estoy leyendo mis tres poemarios con ansia, descubriendo nuevas voces (2) y una ya clásica en una excelente tradición. Las dos voces nuevas, o más o menos, son dos poetas españoles que han escrito sus libros en los últimos años: Ariadna G. García y Álvaro Tato. De la primera, el libro es Apátrida (2005) del segundo Gira (2007). La traducción es de Kavafis. 
Mi forma de leer poesía, nada lineal, sino "bíblica, es decir abriendo los libros por el medio y leyendo determinados poemas que caigan a mis ojos en ese momento hace que sea errático en mi lectura, pero me he comprometido a hacer una reseña de cada uno de esos libros porque creo que lo merecen.
Si bien es cierto, lo he dicho en alguna otra ocasión, que la poesía es un género que se ha hecho minoritario, a su vez este hecho la ha purificado, me atrevería a decir. Se ha modernizado en sus formas y en sus temas y a la sombra de poetas de los años 70 como Gimferrer, Luis Alberto de Cuenca y otros tantos que ahora, mientras escribo, no vienen a mi cabeza-algunos de los cuales debo leer o releer-han revitalizado un género al que han dado una nueva visión. Voces como Ariadna G. García, Carmen Jodra, Álvaro Tato y otros autores menores de 40 o alrededor de esta edad componen una generación literaria, desconocida en muchos casos para el gran público, pero de una fuerza verbal a tener en cuenta. En muchos casos alrededor de la Residencia de Estudiantes, que con sus becas ha promovido la creación artística, los nuevos autores buscan un hueco en un mundo donde la poesía no existe a no ser que seas un clásico muerto o, como yo mismo y otros pocos, un ser extraño que se pierde en los versos y se cuelga de ellos para vivir su propia vida.
He de confesar que el conocimiento de esta nueva poesía, escaso el mío, por cierto, algo que debo profundizar y leer mucho más, se lo debo en parte a una de estas poetas a quien tuve el placer de conocer en una clase de literatura en la Complutense y que me abrió un mundo nuevo en el que me encanta relajarme a menudo e investigar sus voces, llenas, como decía, de fuerza y novedad que hacen que la poesía, lejos de ser un género anquilosado, se sienta renovada y nueva y se pueda reclamar con toda su fuerza como género vivo y propio. Yo, todavía, sé bien poco, pero me plazco en mi ignorancia porque ésta me invita a avanzar en mi conocimiento, lenta pero constantemente.
Si queréis haceros una idea primeriza, es por donde yo mismo empecé, os recomiendo una antología llamada "Veinticinco poetas españoles jóvenes" publicada en Hiperión hacia 2003, donde se recoge una pequeña muestra de estos autores, de algunos de ellos y que para mí fue un primer paso que me abrió un camino que todavía sigo caminando. Sino, el catálogo de premios Hiperión de poesía es otro lugar donde ir buscando. Yo sigo en ello, maravillándome por la fuerza que todavía posee la poesía.

domingo, 13 de mayo de 2012

Habemus Papam, Nani Moretti

Hace ya algún tiempo que vi esta película anunciada entre los anuncios que precedían a otra. Me atrajo por distintas razones. La primera, una de mis películas favoritas, es de este director, se llama La Stanza del figlio y es una de esas películas que te dejan marcado y que te duelen, pero bien hecha, muy bien hecha. Además, en el avance de la película daba la sensación de ser una buena idea que, en manos de este director, por tanto, podría dar un buen resultado. Así pues, quería verla. Sorprendentemente descubrí que ya estaba en la biblioteca de la universidad así que ni corto ni  perezoso me decidí a verla.
Fiasco total. Es de esas cintas que empiezan bien pero acaban fatal y que se van descolgando a lo largo del metraje, lo que hace que no sepas a dónde va a parar y que  cuando se paran no sabes por qué hicieron eso. 
Diré, en defensa-si es que la tiene-que la idea es buena y creo que tiene mucho sentido. Un papa, recién elegido, abrumado por el terrible peso de la labor a acometer creo que es una idea asombrosa. Pero el desarrollo es peligroso por muchas causas. Una, claro, es que si quieres ser políticamente correcto habrá muchas cosas por las que tendrás que pasar de puntillas. Es el caso del psicoanalista que es ateo, cosa que apenas tiene trascendencia en la película y eso que el personaje vive en el Vaticano durante un tiempo. Como ese otros temas similares que se rozan con un miedo que se nota demasiado evidente en la cinta.
En segundo lugar, tienes que saber muy bien cómo llevar lo que estás contando para que no sea quede en un simple sainete lleno de obispos. Mezclar comedia con tragedia es muy difícil y a muy pocos les sale bien. Este es uno de eso casos donde no se logra el objetivo. 
Creo que es una película que quiere y no puede llegar, llena de temores del director que ha tenido un filón en sus manos pero no lo ha sabido utilizar, bien por miedos, bien por incapacidad y al final ha hecho una cosa que no satisface por intrascendente cuando el tema prometía ser bien interesante.
Como mucho le doy un cuatro sobre 10.

martes, 17 de abril de 2012

Tu rostro mañana, Javier Marías.




Siempre he pensado que si cuando te quedan unas 100 páginas de una novela comienzas a sentir la melancolía de la despedida, es que esa novela es lo bastante buena para haber tocado tu ser. Si además esto sucede cuando se trata de una novela de más de 1000 páginas, considero que la novela debe ser, cuando menos, aceptable. Empecé a sentir melancolía al doblar la página 600 de un libro de 700 y algo (el tercer tomo de un novela de unas 1000 páginas, como digo más adelante) y descubrir, alarmado, que el lado del resto era considerablemente menor que el lado de lo leído. Lo que quedaba apenas era considerable ya y me sentí conmocionado pues no he sentido pasar las páginas, sino que las he atravesado con cariño y curiosidad, avanzando a la espera de ver qué le pasaba al protagonista.
Es curioso, porque he leído ese libro de la biblioteca de Oberlin, pero lo compré el año que salió el último tomo. Leí el primero con ansia, pero luego pensé que no era bueno leer tan seguido de un mismo autor y que me iba a agotar de él. Un error, porque no son tres tomos diferentes, de una trilogía sino, una sola novela dividida en tres volúmenes, así lo afirma el autor y así es, efectivamente, pues salvo que la obra se encuentra dividida, en su primera edición de Alfaguara (aparecida entre 2002 y 2007), en tres tomos, se lee de seguido, es lineal. Ahora al encontrarla en Oberlin, la he leído del tirón y me ha encantado.
Es una novela compleja, con una historia central pero muchas historias aledañas que, en ocasiones, la hacen un poco pesada. Además están las continuas disgresiones y opiniones del narrador (probablemente el propio autor aunque Marías siempre niega que sus novelas sean autobiográficas, a pesar de estar escritas en primera persona) que hacen que a veces la historia se disgregue, se vaya por las ramas y la haga un poco larga. Me atrevería a decir que podrían sobrarle páginas. No es que sea así sino que a veces no sabe dónde te quiere llevar el autor. Aunque, al final, todo está perfectamente tejido.
Alrededor de la historia de Jaques Deza, un antiguo profesor de Oxford que ya habíamos encontrado en Todas las Almas, nos sumergimos en el mundo de la palabra y de la mente. La palabra, su poder, sus consecuencias. Jaques posee un don con el que puede ver el rostro mañana de las personas que están a su alrededor. Por este don comienza a trabajar en un curioso grupo que se dedica a analizar a personas tratando de analizar qué sucederá con ellas en un mañana hipotético. Diría que ese grupo, su visión, su trabajo, es el centro de la novela. El narrador es el propio Deza que va llevando al lector por las historias, pero además por sus pensamientos y sensaciones.
Estos pensamientos convierten a la novela, como sucede en otras del autor, en algo más que una mera novela, mera narración. Algo más ensayístico, diría. Habla de la Guerra civil y, siempre relacionado con las palabras oídas, dichas y sus consecuencias hace interesantes reflexiones al respecto. Ideas que nos arrastran a través del propio ser humano y de la calidad de éste, que se jacta, con palabras, y que por las palabras es capaz de levantar brotes de fuego, capaz de destruir o crear.
Habla también del miedo, generado muchas veces también por las palabras. El miedo como arma, como instrumento del poder, cómo bien usado puede ser un arma muy poderosa.
Son más de mil densas páginas, en ocasiones de complejo seguimiento por todos los caminos que se abren ante el lector, sin embargo no se me ha hecho pesada, o quizá sólo al final del segundo tomo, cuando no sabía hacia dónde llevaba todo aquello.
Me gusta el uso del lenguage del autor, a veces un poco enrevesado pero colabora a hacer de la novela una buena obra, algo interesante y agradable. La sintaxis, en no pocas ocasiones, es enrevesada, pero no por ello resulta complicado leerla.
Quizá alguna historia, como algunas relaciones personales secundarias, que parecen tener cierta revelancia no se resuelvan del todo bien, aunque en lo que concierne a esa historia ésta se completa de la manera deseada (no por el lector, quiero decir que se cierra adecuadamente).
No creo que sea una historia que deja indiferente, más bien al contrario. A mí este autor me gusta mucho y quizá sea más benévolo, pero creo que es una buena novela. Sé que hay no poca gente a la que el estilo de este escritor le resulta insoportable por lento y relamido. A ellos no les recomiendo esta novela :=D
Respecto a la autobiografía, cuando Javier Marías publicó a finales de los 80, principio de los 90 Todas las almas en la que Jaques Deza era protagonista, como aquí, y que como él había sido profesor en Oxford, muchos se adelantaron a afirmar que era una especie de autobiografrafía del autor lo cual él siempre ha negado. Las coincidencias con su vida real son bastante palpables, no obstante. El padre del protagonista, al igual que el de Marías, sufrieron un proceso tras la Guerra española, causadas por una delación de una persona que en ambos casos se llama Del Real. Igualmente, hay otros datos, como la aparición de Francisco Rico y otros que hacen pensar en un cierto paralelismo entre personaje y narrador. Probablemente no sean el mismo, pero sí comparten muchos rasgos. Muchas de las historias narradas no cabe duda de que fueron oidas de una u otra manera por el propio autor y expresadas a través de su personaje. No creo que sean meras coincidencias.
En cualquier caso, esto me corrobora en que Marías es uno de los mejores autores vivos de España en el siglo XX.
Si tuviera, como hace Vero, que darle una nota le daría un 7 sobre 10.