lunes, 13 de julio de 2015

La trilogía del Baztán, Dolores Redondo, Editorial Destino.



Los tres libros que la componen son los siguientes: El guardián invisible, Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta.
Tres libros malos (podría decir penosos) que, sin embargo, son fáciles de leer. Me he leído los 3 en menos de dos semanas, más que nada porque me podía saltar párrafos enteros e innecesarios.  Ya me he adelantado en el discurso, pero voy a intentar ser ordenado.

Los libros narran la historia de Amaia Salazar (aunque en más de un lugar se convierte por errata en Amalia, de eso hablaré más adelante) inspectora del Cuerpo de Policía Foral de Navarra, nacida en Elizondo, valle del Baztán y al que vuelve después de mucho tiempo en el primero de los libros. Como inspectora, la narración nos lleva por diversos crímenes que debe resolver lo cual, parece, lo pondría en relación con la Novela Negra o Policiaca. He aquí uno de los errores más grandes: mezcla la mitología más básica, vasca en este caso, lo irracional y sentimental, con lo más racional de los casos, lo cual da una sensación de irrealidad e imposibilidad notable. Sí mientras leemos que Amaia es la policía estrella, sabuesa etc. los sentimientos y las corazonadas la llevan a resolver sus crímenes de la manera más sorprendente. Esto creo que no sería razonable en una novela negra clásica. Pero bueno, el policía tiene sentimientos, podemos aceptarlo, vale.

Para mí lo peor de estos libros es la forma de narrar. Se capta una incansable necesidad de la autora por mostrar que sabe de qué está hablando. Ya avisé que me he saltado párrafos enteros que o no aportan nada o están escritos de tal manera que marean ad nauseam. No sólo eso, además cada pocas páginas la autora se ve en la obligación de recapitular todo lo que ha pasado previamente, y así en cada final, en el siguiente libro lo cual los hace terriblemente repetitivos.
Sobre la necesidad de mostrar que sabe de qué está hablando: no describe, escribe. Es decir no deja hueco a la imaginación del lector, lo agota con datos innecesarios, dichos, muchas veces en tonos condescendientes o grandilocuentes. Es remarcable, en el primer libro, que en una conversación sobre Aínsa (Aragón) hablen de la siguiente manera:

“Al Bear Observatory of the Pyrennes, en la comarca del Sobrarde, que se corresponde con el antiguo reino o condado del mismo nombre surgido hace más de un milenio al norte de la provincia de Huesca, aunque en el navegador es mejor que pongan Aínsa” (El guardián invisible”.

Este es sólo uno de los muchos ejemplos de datos innecesarios, además en un diálogo, que a toda vista carece de naturalidad.

En el libro “Ofrenda a la tormenta” después de un asesinato, la forense afirma que el casquillo perdido estaba alojado en el cuerpo del fallecido, sin embargo, al recapitular, innecesariamente, éste sigue desaparecido.

Son incontables las frases ilegibles, mal puntuadas o, de nuevo, que muestran una marcada muestra de querer “saber usar el lenguaje”. Es decir, usa palabras en boca de personajes que sabes que serían incapaces por su condición social, discursos de nuevo ilegibles, historias abiertas que nunca se cierran.
Una amiga, experta en libros policíacos, me explicó que una novela negra que hace trampa es una mala novela negra.  Esta lo es. Da pistas por toda la obra de cuál va a ser el resultado, engaña al lector, no juega con su inteligencia. Al contrario, le quiere dar todo demasiado masticado y eso daña excesivamente la narración.

Es, no cabe duda, una de las peores novelas que he leído nunca. Su éxito, me parece, se debe a que mezcla, mal, lo irreal con lo racional  y que da la sensación de un cuento fantásticos plagado de sueños y seres mitológicos. Sin embargo, como dije, toda la novela hiede a una necesidad de la autora de estar presente, de guiar. Sin contar las erratas de edición, que no son pocas, o de puntuación, lo cual me hace pensar en un marcado descuido de la editorial que compró los derechos de la novela. Como tantos otros súper ventas, este libro posee todas las características para serlo: una historia de amor, o dos, un poco de misterio, un poco de mitología e historia, puestos en una batidora y puestos sin cuidado en negro sobre blanco.


No voy a perder mucho más tiempo, tengo muchas citas marcadas como errores, como mal hacer del escritor, pero tampoco quiero extenderme, no merece la pena. Nunca la recomendaría o, mejor dicho, la recomendaría como yo mismo lo he hecho, un libro para pasar un rato, en verano, para leer en el Metro sin tener que comerse la cabeza…eso sí, si como yo tienes un poco de criterio terminarás deseando prenderle fuego y lo terminarás para ver cómo la autora es capaz de cerrar todo…poco más, por curiosidad insana y saltándote párrafos innecesarios, mal puntuados y, tantas veces, plagados de erratas.

sábado, 23 de mayo de 2015

La aventura del voto.

Sí, he votado. Milagro donde los haya dado el dislate que supone ser ciudadano español (de segunda) en el extranjero.
El proceso no deja de ser interesante: reclamar que vivo donde vivo (dos veces) para que me manden una carta que dice "Usted está tonto, si no ha cambiado de domicilio para qué reclama" y ganas de contestar "uno es un mandado y la última vez que según Uds no seguí las instrucciones se pasaron mis papeletas por salva sea la parte".

Mientras la supuesta reclamación está en proceso me llega un papelito para pedir el voto, sí la resolución de la reclamación falseada llegó un par de días después. El proceso puede ser hecho de mil formas a cuál más horrible y eso sí, contra reloj. Dado lo cual me decido por el que parece más rápido y sencillo: el tecnológico. No se encuentra la página (3 o 4 veces) no ha introducido bien sus datos (no sé cuántas veces) y cuando la frente ya se perlaba de sudor y todo parecía perdido se abrieron las puertas del cielo cibernético y lo solicité.
3 semanas después mi voto no aparecía, como si llegara en el Pony Expres que viviendo en California hubiera sido muy propio.
Cuando llega, tarde, la historia es curiosa: una cantidad de papeles que reforestarían el amazonas y una serie de requisitos que harían las delicias de un matemático perturbado.

1-Elija a quién quiere votar (parece obvio).
2-Meta la papeleta en el sobre (sigue pareciendo obvio y hasta aquí medio normal)
3-Introduzca el sobre 1 en sobre 2. Introduzca en sobre 2 certificado 1 con fotocopia 1.
4-Introduzca en sobre 3 certificado 2, sobre 2, fotocopia 2 y un papelito que debes haber recortado de certificado 1.
En este punto no sé si estoy votando o haciendo calceta o un sudoku retorcido. Reabro los sobres, reviso documentación. Todo en orden, parece.
Cola de 1 hora en correos para certificar sobre 3 que contiene certificado y fotocopia 2, sobre 2 que contiene certificado 1 y sobre 1 que a su vez contiene papeleta elegida. Ole sus huevos.

Claro, la otra opción es eliminar sobre 3 y ese proceso e ir al consulado a votar. Hora y media a San Francisco, aparcar en una ciudad diabólica para tal efecto, y que la funcionaria que esté de turno tenga a bien que llegues sin cita previa. Precio de la broma sin contar gasolina de ida y vuelta 10 dólares de peajes y no menos de 5 de aparcamiento (eso si no me multan, que conociendo a la policía de la ciudad y mi bien abonada suerte, todo se andaría). Otra opción ir en tren, 48 ida y vuelta, más 9 del metro en la ciudad, más una pateada cuesta arriba que déjalo estar, llegar sudado y cansado y como otra vez encontrarlo cerrado por ser fiesta patria y es que sí, los funcionarios españoles hacen fiestas españolas y cierran la oficina...más huevos.
Por fin voté y lo que más me satisface es haber resuelto el enigma del caso. Luego seguro anularán mi voto, pero de eso no me voy a enterar.

martes, 5 de mayo de 2015

La avaricia del poder

¿Estamos hartos de tanta mierda política? Sí, quién lo duda. Estamos hartos de un turno de partidos, mal llamado bipartidismo. Turno de partidos porque en el fondo todos sabemos que gane el PSOE o el PP son el mismo perro con distintos collares. No, en realidad son diferentes, pero en ocasiones esta diferencia es inapreciable. De repente salió Podemos, que parecía que iba a romper con esta situación. Pero recordemos que Izquierda Unida trataba de hacerlo desde mucho, acallada, en realidad, por una ley electoral donde ganaban más escaños partidos nacionalistas por aquello de nuestra "proporcionalidad". Así, el tercer partido en número de votos ha estado, en varias ocasiones, a punto de no tener ni grupo en el Parlamento. Bravo.
Esto, claro está, convenía, conviene a los dos tiburones del poder. Ellos siempre ganaban en determinadas circunscripciones lo cual les avalaba para ganar o no el poder. Que el resto de partidos se pelearan por unos puñados de votos, a ellos les venía bien. 
Muchos hemos sido los que hemos criticado esta situación, inadmisible en el juego democrático. Los que hemos clamado por una reforma profunda de la ley electoral que realmente fuera representativa de los resultados electorales. Por un parlamento donde un partido de una Comunidad Autónoma no fuera más poderoso que uno de ámbito nacional. Que la representación de unos pocos no nos la tuviéramos que comer todos. 

Pero de repente el partido del gobierno ve peligrar el status quo. Especialmente en sus feudos: Madrid, Valencia, Sevilla entre otros. En lugar de hacer autocrítica para ver qué está pasando se sacan de la manga una reforma de la ley electoral que mantenga la situación. Elecciones a doble vuelta y que a la segunda vuelta vayan sólo los dos partidos más votados. Enhorabuena, bravo. Sí señores, lo que oyen. La avaricia del poder, el miedo a la nueva situación y a la aparición de los nuevos partidos hace que ahora sea necesario cambiar la ley electoral. Pero no para beneficio universal, sino particular. Muy particular de hecho. 

Se han planteado los dos grandes por qué están subiendo los nuevos partidos. No, sólo temen perder un sillón que han venido calentando durante mucho tiempo y que tiene ya la forma de su culo. No saben qué hacer para evitar la previsible debacle y el cambio de reglas del juego. Tienen miedo. Porque en las últimas declaraciones sobre la ley electoral lo que se huele es el miedo. Y la falta de vergüenza. No estamos hartando de la corrupción que campa a sus anchas por todos los partidos, los queremos echar, democráticamente, de sus poltronas y ellos dicen que no, que se quieren quedar, caiga quien caiga. Esto además, tiene mucho que ver con el sentimiento democrático que tienen muchos en nuestro país: nulo. Una vez me habéis elegido estaos calladitos, ya no molestéis, que voy hacer lo que me salga de salva sea la parte, que para algo me habéis dado mayoría absoluta, una vez más. No uso vuestro voto como papel higiénico porque raspa demasiado, pero entendéis la metáfora de lo que vuestra opinión significa para mí.

En una verdadera democracia, como no lo es la española, la avaricia de poder está prohibida. Muchos países recortan la posibilidad de reelección a dos o tres veces. Sin embargo en nuestro insano país hay alcaldes que han estado en su asiento municipal desde los años 70, por no decir las sucesivas mayorías en algunas autonomías en las que sólo cambia el peón de turno, pero que mantienen la desvergonzada actitud del partido gobernante en esa comunidad. 

Espero por el bien de todos que esto no salga adelante. Espero que si se lleva a cabo una verdadera reforma de la ley electoral esta sea verdaderamente profunda y con sentido y no llevada por el pánico a perder el poder. La avaricia es peligrosa, pero la de poder es aún peor, porque aunque no lo veamos conlleva que se quiere quedar porque se está muy bien ahí arriba y habría que preguntarse por qué están todos tan bien ahí arriba.

miércoles, 29 de abril de 2015

La sangre de los elegidos.

Desde que vivo en Estados Unidos, no pocas leyes/normativas no es que me sorprendan, es que me asustan. Por ejemplo que si tú eres homosexual no te permitan donar sangre. Tampoco te lo permiten si eres europeo y has vivido allí los últimos 30 años, más o menos, esto debido al mal de las vacas locas, lo cual, dentro de lo que cabe me parece más lógico que lo primero.

Hoy he leído en diversos medios que la Unión Europea que, en no pocos casos, es más abierta que EEUU. ha decidido que los homosexuales (no sé por qué uso la palabra correcta cuando perfectamente podría poner maricones, léase de la manera más despectiva posible, tal y como deben pensarlo los que han escrito la normativa) no pueden donar sangre. No alcanzo a comprender el motivo. Supongo que es por evitar el contagio de ETS (enfermedades de transmisión sexual) como si éstas fueran mero patrimonio del colectivo mencionado.
En los 80, cuando el VIH empezaba a hacer de las suyas, se le llamó la fiebre rosa y se pensó que era un castigo divino contra el colectivo sodomita que, efectivamente, cayó como moscas ante el imparable avance de tan terrible enfermedad. Mientras los maricas e invertidos morían y los heteros se salvaban (jajaja, permítanme que me ría) el SIDA hacía más y más a sus anchas, precisamente porque mientras entre el colectivo homosexual se impuso una suerte de celibato por miedo, entre los heterosexuales esto no pasó. Merece la pena ver la película Dallas Buyer Club para entender la visión que en los 80-90 se tenía al respecto. Filadelfia también merece la pena. Es por esto, por esta mentira, que en EEUU no se puede donar sangre libremente y, supongo, por lo que la UE se está planteando no permitirlo.
Mi pregunta es: cuando alguien entra por la puerta de un centro de donación ¿puedes deducir que es gay? Y, en segundo lugar, ¿vas a entrar a saco en la intimidad de una persona preguntándole en el cuestionario que rellenas antes de donar si es gay? Quiero decir, o hacen, al más puro estilo nazi, un listado de homosexuales o me parece una medida de difícil cumplimiento a no ser que interrumpas las más claras normas del decoro y del respeto hacia una persona al lanzarte al cuello con este tipo de preguntas.
O quizás es que, como dice Mariló Montero, al transfundir sangre de un gay a un no gay, éste segundo se va a convertir al lado oscuro. Quizá sea ese el miedo. Que al donar sangre "impura" el ser gay, que muchos ven como una enfermedad, se transmita. Sí, debe ser esto. Muchos políticos han debido donar sangre en los últimos años porque cada vez hay más estúpidos en los países europeos.
Sinceramente, en un momento en que en EEUU se va a votar si el matrimonio entre parejas de mismo sexo es una ley federal (lo que permitirá que todos los estados tengan que legalizarlo), en que cada vez más países europeos lo aceptan como algo normal etc. en que la lucha por los derechos del colectivo LQTR ha avanzado considerablemente, este tipo de normativas sacadas de la manga me parecen innecesaria y dignas de países totalitarios.
Dicen que las comparaciones son odiosas, pero mientras nos quejamos que en los países árabes los gays y las mujeres son apedreados/ajusticiados no nos damos cuenta de la terrible homofobia latente que existe en los supuestos países desarrollados, mucho peor, incluso que la de los primeros. Peor porque, como digo, se aloja bajo un manto de tolerancia, pero hace falta rascar muy poco para ver que es cierto sólo en parte. Y me remito a otra noticia, sucedida en Madrid hace unos pocos días. Unos muchachos son agredidos brutalmente al grito de "maricones" en pleno centro de Madrid. No una sino, al menos 2 veces, por el mismo grupo...sobran más comentarios.
A partir de ahora sólo la sangre pura (como Harry Potter) podremos donar sangre, espero que el día que necesite alguien una donación el único donante posible sea gay, a ver si en ese caso nos paramos en barras antes de impedirla...

domingo, 2 de febrero de 2014

Cosas que no importan.

Desde que mi amado/odiado país está en crisis, no paro de ver noticias alarmantes: niños desnutridos cuyos padres, generalmente sin trabajo o en riesgo serio de perderlo, no pueden atender; desahucios a personas con enfermedades crónicas, enfermos mentales y otras lindezas; casi seis millones de gente desempleada; universidades, escuelas y otros servicios públicos al borde de la quiebra; la investigación científica moribunda desde hace años, en coma irrevesible últimamente tiene que irse del país y el gobierno, como quien dice a enemigo que huye, puente de plata. Alcaldes, concejales y otros corruptibles siguen viviendo a cuerpo de rey, trazando recortes a diestro y siniestro desde su atalaya ¿inexpugnable?. Eso es lo que veo en España, pero tampoco veo que a nadie le moleste. Llevo tiempo preguntándome si los que nos hemos ido lo dimos por imposible, lo de la queja, y ante un camino más amable, que no más fácil, decidimos largarnos antes de que nos midieran el lomo con la misma vara. La Marea Blanca es una de esas pocas ilusiones que mantengo, como lo de Gamonal en Burgos, eso me devuelve, temporalmente al menos, la esperanza de que un día seremos capaces de levantarnos y mandar todo a tomar por, perdón, no quiero usar palabras soeces. Sí, yo creo que somos capaces de decirles a la cara que estamos hartos de que se rían de nosotros de manera tan vergonzosa, pero parece que, como pasa siempre, tendrá que morir alguien para que arreglen esa curva. No obstante mantengo la esperanza.
Sin embargo, mientras todo lo que acabo de decir sucede, que no es poco, ha muerto Luis Aragonés. Condolencias a la familia y allegados me parecen aceptables. Sin embargo los comentarios leídos en las redes sociales, periódicos y demás, me han movido el estómago al borde del vómito, una vez más hablando de fútbol. Cuando aquí la gente me dice "eres español, del Madrid y del Barcelona" y yo respondo "no me gusta el fútbol" me miran como si en lugar de español fuera de un país recóndito dejado de la mano de Dios. Siempre he dicho lo mismo, no es que no me guste el fútbol, es que no me gusta que sea el opio del pueblo y la muerte de Don Luis, no ha hecho sino recordarme este extremo. En España nos podemos estar muriendo de hambre, pero que no nos quiten el fútbol. He visto comentarios como "gracias por hacernos ser quienes somos" y yo me pregunto, el hecho de que nuestro combinado nacional ganara la copa de Europa gracias a la dirección de Aragonés, nos cambió tanto la vida. Como a todos me alegró, el triunfo del deporte español siempre es una buena noticia, pero a mí, disculpen, los señores futbolistas no me han dado nada de lo que tengo. Es más, me parece poco ético que esta gente gane lo que gane por el trabajo que hacen, mientras otros deportistas de élite apenas sí tienen oportunidades para salir adelante. La beca ADO apenas da para mucho y muchos hombres y mujeres del deporte ven cómo no pueden dedicarse a su pasión como quisieran. El fútbol, mientras todo esto pasa, lleva nuestros corazones a vivir las más altas y las más bajas pasiones. Hay personas que el lunes lo viven amargados porque su equipo ha perdido, porque Villa se ha lesionado o porque el fantástico fichaje de un nuevo jugador se ha ido al traste. No, no es normal. Lo siento, no lo acepto, no me gusta y lo rechazo como enfermizo. Una cosa es disfrutar del deporte, insisto en que yo soy el primero que gusta de ver cómo gana la Roja, y otra es poner la vida en liza sólo por esto. A mí, Luis Aragonés no me ha dado ni las gracias. Lamento su fallecimiento en cuanto ser humano, la muerte siempre es una putada traicionera--ya se me ha ido la lengua al mal lenguaje--pero más allá de eso este señor jamás ha hecho que mis sueños se cumplan, como lo ha hecho la Roja, como no lo hace ninguno de los equipos que juegan en España. Lo siento, pero no. Y es más, ya que tomé el derrotero del lenguaje soez, me la suda bastante. 
Por eso ver cómo las redes sociales, los periódicos "serios", las emisoras de radio "serias" dedican más tiempo a los detalles del fallecimiento del "hacedor de sueños" me parece innoble y me hace plantear que es por algo que en España nos va como nos va. Porque a nadie le importa nada, o eso parece. Pero el día que pierde el equipo o la selección cae derrotada frente a otra en competición oficial, nos rasgamos las vestiduras, nos llenamos los pelos de ceniza y mejor que no nos hablen al día siguiente porque arañamos la cara del pobre individuo que se atreva a mentarnos la situación. Si el fútbol se viviera como lo que es, como un deporte en que a veces se gana, a veces se pierde, pero que no afecta más en la vida, porque esta sigue, porque a los jugadores se la sudamos en tanto en cuanto ellos sigan cobrando sus millonadas, otro gallo cantaría. O, si como hacen muchos aficionados con más visión, al acabar el partido pudiéramos dedicarnos a la lectura relajada, a la visión de otros eventos televisivos de más cultivo, insisto, otro gallo cantaría. Gente como Javier Marías, que habla de fútbol y al que le gusta, creo que no es criticable, porque más allá de su preferencia, tiene una vida intelectual más allá del televisor. Eso me parece admirable, porque hay vida más allá del balompié. Y hay mucha gente que lo vive así, lo cual es una actitud loable y adecuada.
Pero en fin, España no sería España si nos preocuparan más las universidades que el fútbol y, como dijo aquél, semos españoles y eso nos lo quita ni Dios bendito.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Acción de Gracias

Hace tanto tiempo que no escribo en esta plataforma que ni siquiera he creado una etiqueta que haga alusión al mayor cambio de mi vida, sucedido hace cosa de un año y 2 meses, el 14 de septiembre de 2012. Ese día llegué por primera vez a Davis, California para realizar mis estudios de doctorado en la Universidad de California que aloja esta ciudad. 

Hoy se celebra en este lado del Atlántico que ya se asoma al Pacífico el Día de Acción de Gracias, Thanks Giving Day, en New Language. No me interesa realmente la historia, o al menos no plasmarla aquí. Mejor dicho la leyenda frente a la historia, en realidad la leyenda es bonita, pero mentira. La historia es bien triste, y cierta. Pero no quiero publicar ninguna de las dos aquí.
He estado pensando mucho si escribir esto o no y creo que lo mejor es hacerlo.
Porque si hay que dar gracias yo quiero darlas. Especialmente porque puedo estar aquí escribiendo.
Pero también a muchas personas que se han cruzado conmigo desde que llegué a Estados Unidos y comencé a celebrar este día. Desde Oberlin, Ohio, a Davis California. Gente desperdigada por este país y por otros, pero que significan o significaron algo para mí. Gente de la que he podido aprender, a veces en una buena experiencia, a veces en una mala, pero el aprendizaje siempre es conveniente.
No voy a poner nombres a riesgo de dejarme alguno en el tintero, lo cual no sería conveniente. Pero sí, estoy agradecido siempre, lleno de gracias que dar, aunque no siempre lo haga por todo lo obtenido, por todas las oportunidades, por todas las personas. Si eso es acción de gracias, quiero utilizarla hoy que me lo permiten.
Más allá del materialismo que invade este país queda esa alegría de saber que siempre hay alguien ahí para tomar tu mano y hablarte, ayudarte, empujarte...a veces para dejarte de lado, pero incluso para estos las gracias, porque enseñan a quién acercarse y a quién no, incluso por eso gracias, porque eso ayuda a escalar en el aprendizaje de cómo actuar ante el dolor.
Ahora a comer pavo, como manda la tradición, sin olvidarme de nadie, aunque no os nombre. Gracias a todos.


domingo, 25 de agosto de 2013

Le costó abrir los ojos aquella mañana. Las legañas, la oscuridad de la habitación. Pesaba en el ambiente el olor de una vela barata del ikea que se había consumido a lo largo de la noche, peleando con el oxígeno de la clausura invernal. Fuera se escuchaba caer lo que podía ser la gotera de la nieve acumulada en el tejado o quizá una lluvia demasiado cobarde para convertirse en blanco manto. Miró el reloj, no era temprano y descubrió que aquel era el primer lunes en el que había decidido no ir a trabajar. El trabajo era lo único que en aquellos dos meses y medio le había mantenido atado al mundo, pero aquella mañana somnolienta ya no importaba. Según sus cálculos, y de los médicos, le quedaban aproximadamente dos semanas más de vida. A finales de las vacaciones de septiembre un dolor en el pecho, esputos de sangre y heces ennegrecidas le alarmaron en su retiro sureño y adelantó la vuelta al oscuro norte de verano fugaz para chequear lo que supuso una mezcla de festejos, alcohol y comida de chiringuito. Dos semanas más tarde, pruebas, análisis, tacs por medio, el Doctor Beltrán le recibió en un despacho aséptico. Algún título de congreso decoraba la habitación que miraba a un patio lleno de ventanas del mismo centro médico. El doctor era un hombre de mediana edad, manos demasiado blancas para ser natural y una barba rala decorando su rostro. Aquella mañana vestía un mono verde de quirófano salpicado por algunas gotas de sangre. De su cuello pendía una máscara. Alberto García Palacios supuso que había realizado alguna intervención poco antes de llamarlo a consultas. No se sentía nervioso en absoluto. Cuando Javier Beltrán sacó los resultados de las pruebas tampoco sintió nervios. Desconectó en algún momento apabullado por el torrente de tecnicismos que salían de la boca del galeno. Al terminar éste su discurso, hacía un rato que Alberto García Palacios no estaba en esa habitación, o no lo estaba, desde luego, su mente. El doctor tuvo que llamarlo dos veces para que aterrizara y ver si el paciente comprendía la gravedad de la situación. Un cáncer hepático con aparente metástasis en los pulmones, cercano al páncreas y, por tanto, inoperable. Esperanza de vida sin quimioterapia, menor a dos meses. Esperanza de vida con tratamiento, inferior a dos años, si las medicinas funcionaban, lo que estaba por ver. Dos días para decidir, para comenzar.

Al llegar a casa se derrumbó en la cama llorando amargamente. Eran sólo 45 años. No había fumado, había bebido con moderación, y los únicos excesos eran los sexuales y de estos nada del otro mundo. Algún triunfo nocturno en discotecas de la ciudad norteña, pocas veces prostitutos de lujo y acoso y derribo durante los tiempos vacacionales. Aquello no podía estarle pasando a él renegaba con lágrimas que desembocaban en sus labios. Tenía ahorros de toda una vida como profesor de secundaria para llegar a viejo y poder vivir alocadamente. El piso, que fue de una tía fallecida, no era una carga económica. El viejo coche, un Ford Sierra también herencia bien cuidada, pues aún teniendo casi treinta años, aquel coche funcionaba como si fuera nuevo. Qué hacer ahora. Tenía dos días para decidirse y no podía dejar de pensar en cómo sería la vida más allá del cáncer. Pero no había, según los doctores (había llamado a un compañero del doctor Beltrán para una segunda opinión) vida más allá de los dos meses. Restregó los ojos contra la almohada. Se levantó despacio. Por suerte de momento no sentía ninguno de los dolores que había anunciado el médico. No sentía nada más allá de la tos y las heces, todo ello lleno de sangre que tintaba el agua del retrete. Pero no había dolor. A la mañana siguiente se levantó, como siempre, a las 6.30 y preparó las clases del día. Acudió al colegio religioso e impartió sus materias hasta las cinco de la tarde. A esa hora quiso preguntarle a uno de los muchos sacerdotes. Le expuso la situación. El padre se llenó de orgullo de que por fin Alberto se dignara, después de tantos años, a doblegarse ante la fe. Le habló de la esperanza, de la resurrección, de la paz en Cristo, le recomendó libros, la santidad de la enfermedad y otras cosas que a Alberto no sólo no le consolaron sino que le revolvieron el cuerpo. No estaba por la labor de ser un nuevo Job resignado en Dios, un dios en el que, por cierto, tampoco creía demasiado. Mantenía las apariencias y acudía a la misa diaria en el colegio sólo por mantener el puesto de trabajo. La otra opción hubiera sido salir al mercado de las oposiciones y nunca se sintió con fuerzas para aquello. Además el colegio de curas estaba bastante cerca de casa como para no necesitar usa algo diferente al transporte público. Salió del despacho del Padre Miguel más desconsolado y con un sabor amargo en la boca.

El nuevo día amaneció lleno de colores de otoño. Le pareció todo nuevo y agradable. Sintió como si necesitara disfrutarlo todo pues sabía que iba a perderlo. Sentado en la enorme casa, solo, acompañado de los sonidos del caserón—los relojes, tic-tac, la madera crac, crac, la cafetera hirviendo—tomó la decisión más importante de su vida: se iba a morir en dos meses. Pero antes de ello iba a vivir la vida al máximo, iba a gastar el cerca millón de euros—ahorros y herencias de hijo y sobrino único--que tenía ahorrados en lujos y buena vida. Compraría la casa de la jubilación veinte años antes. El coche que iba acorde con aquella casa. Todo lo que sus ricos padres habían querido para él. Él que decidió no seguir la carrera banquera del padre y se dedicó a la enseñanza para desgracia del progenitor que murió de una rabieta al saber la decisión del hijo. Él que nunca expresó su verdadera orientación sexual y mantenía una apariencia de gigoló, pensando que nunca la madre lo supo, aunque ésta murió de una llorera al descubrir a quién llamaba todos los veranos el hijo cuando llegaban al lugar vacacional. Aquellos padres, fallecidos prematuramente, le habían dejado una sustanciosa cantidad de dinero, casas, y unas tías lo bastante mayores para saber que le dejaría una herencia cuantiosa a no mucho tardar. Sólo un sobrino segundo, nieto de una de aquéllas tías, le sustrajo una vez una herencia que tenía por segura, pero que tampoco hubiera ido de más a su ya engrosada cuenta bancaria. Decidió gastar todo y, lo que no fuera gastable iría a manos de aquel muchacho casi desconocido con que apenas había coincidido dos o tres veranos, compartiendo el sur del país y el gusto por los hombres jóvenes.

Aquellos dos meses fueron un frenesí de gastos inconmensurables. La casa, primera vista de playa, comprada en un solo fin de semana. No había querido dar señales en el trabajo, contaba con el secreto del sacerdote inepto, y así mantener una fuente de ingresos por si las moscas aquello se iba de las manos y se quedaba sin el dinero acumulado. Aquella casa, de cinco habitaciones, jardín y sótano tenía salida directa al Mediterráneo, una casa de retiro si éste fuera a llegar. La puso, directamente, a nombre del sobrino con el conocimiento de éste que no dio ni las gracias. Para volver desde el sur compró un coche de lujo con todos los extras, asientos de cuero y si no se decidió a contratar a un chófer fue porque no quería renegar al placer de la conducción. En su ciudad contrató para los dos meses siguientes los servicios del catering más caro para que le cocinara almuerzo y cena cada día. Un menú de gourmet. Decidió que era hora de dejar de encargarse de las tareas de la casa y contrató servicio nacional. Era más caro que los inmigrantes, exigían cargos a la seguridad social, pero eran de mayor confianza y el trabajo realizado no podía tener pega. Su racismo natural le hacía pensar que aquéllos no le robarían nada, ni rebuscarían en los cajones. Por primera vez en mucho tiempo tuvo ropa planchada en el armario y una cocina prístina llena de buenos alimentos. Pensó, en una noche de lágrimas, que quizá sus malos hábitos alimenticios le habían llevado a aquel extremo.

Pasó así el mes y medio previo. Aquella mañana ya no fue al trabajo por primera vez. Le llamaron varias veces y adujo tener fuertes dolores digestivos. A alguien que jamás había pedido un día libre, ni estado enfermo le permitieron una semana fuera mientras era sustituido por sus compañeros de departamento. Sentía que le quedaba poco tiempo y poco dinero en la cuenta. Pero se sentía mejor que nunca. Las heces y los esputos habían desaparecido un par de semanas antes. No había dolores. Era como si la muerte le diera tregua antes del mortal final combate. Le asustaba el sufrimiento. No quería morir entre dolores. Por ello había preparado en su mesilla un paquete de medicamentos paliativos que en dosis extremas lo apartarían definitivamente de este mundo. Estaba listo para comenzar a usarlos en cualquier momento, pero éste no parecía querer llegar. En la cocina el mejor café de Colombia humeaba junto a la mejor de las mermeladas y a la más fresca de las mantequillas untadas en un pan recién horneado en la panadería más cara de la ciudad. En la casa todo era lujo desde hacía unas semanas y en la calle, frente al portalón descansaba aquel auto al que apenas le había hecho cuatro mil kilómetros y sólo porque quiso hacerle el rodaje en un viaje fugaz por la provincia y sus montañas en el que estuvo a punto de despeñarse por la excesiva velocidad y un mal uso del cambio de marchas. Leyó los periódicos, se conectó a Internet. Se adormeció de nuevo con un best seller entre las manos.

A eso de las tres de la tarde lo despertó una llamada contestada por la muchacha. Al ponerse al auricular reconoció sin dificultad la voz afable del doctor Beltrán. Le citó aquella misma tarde en la misma consulta que daba al mismo patio. Sin embargo, el médico estaba vestido de traje con corbata, cubierto por una blanquísima bata. Las manos cuidadas de la última vez movían nerviosas un bolígrafo que en ocasiones caía sobre la mesa—toc-toc—distrayendo al paciente que esperaba, una vez más, su sentencia de muerte.


La voz del doctor le sonó temblorosa durante todo el discurso, cinco minutos. Luego un silencio de otros cinco. A Alberto García no le salían las palabras por la ira. Había habido un error en las pruebas. La mañana en que le sometieron a la tortura otro paciente con el mismo nombre y el mismo apellido había pasado por el mismo calvario. Al salir las pruebas confundieron los papeles. El otro enfermo había ingresado esa misma mañana con los síntomas de una muerte cercana y estaba ingresado en la unidad del dolor del hospital, esperando la muerte en los próximos días, sino horas. La alegría de Alberto García Palacios—cuyo segundo apellido hubiera solucionad rápidamente el malentendido—se mezclaba con el enorme odio hacia aquel sistema de mierda, de manos mercenarias y torpes. No cruzó más palabras con el médico. Al volver a casa, sabiendo que había acabado su vida prematuramente y que había hecho todo lo planeado para los próximos veinte o treinta años, que ya sólo le quedaba su vida en el colegio, que había culminado todas sus expectativas, tomó el maletín paliativo y se inyectó una dosis mortal de morfina. Mientras se iba quedando dormido, vio los dos últimos meses de su vida y entonces comprendió el significado de la tan manida frase “cuando mueres, toda tu vida pasa delante de ti en un momento”. Aquellos dos meses habían sido, sin duda, toda la vida de verdad. En la nota de suicidio vertió toda la culpabilidad en el doctor y en su equipo como última venganza placentera.