domingo, 2 de febrero de 2014

Cosas que no importan.

Desde que mi amado/odiado país está en crisis, no paro de ver noticias alarmantes: niños desnutridos cuyos padres, generalmente sin trabajo o en riesgo serio de perderlo, no pueden atender; desahucios a personas con enfermedades crónicas, enfermos mentales y otras lindezas; casi seis millones de gente desempleada; universidades, escuelas y otros servicios públicos al borde de la quiebra; la investigación científica moribunda desde hace años, en coma irrevesible últimamente tiene que irse del país y el gobierno, como quien dice a enemigo que huye, puente de plata. Alcaldes, concejales y otros corruptibles siguen viviendo a cuerpo de rey, trazando recortes a diestro y siniestro desde su atalaya ¿inexpugnable?. Eso es lo que veo en España, pero tampoco veo que a nadie le moleste. Llevo tiempo preguntándome si los que nos hemos ido lo dimos por imposible, lo de la queja, y ante un camino más amable, que no más fácil, decidimos largarnos antes de que nos midieran el lomo con la misma vara. La Marea Blanca es una de esas pocas ilusiones que mantengo, como lo de Gamonal en Burgos, eso me devuelve, temporalmente al menos, la esperanza de que un día seremos capaces de levantarnos y mandar todo a tomar por, perdón, no quiero usar palabras soeces. Sí, yo creo que somos capaces de decirles a la cara que estamos hartos de que se rían de nosotros de manera tan vergonzosa, pero parece que, como pasa siempre, tendrá que morir alguien para que arreglen esa curva. No obstante mantengo la esperanza.
Sin embargo, mientras todo lo que acabo de decir sucede, que no es poco, ha muerto Luis Aragonés. Condolencias a la familia y allegados me parecen aceptables. Sin embargo los comentarios leídos en las redes sociales, periódicos y demás, me han movido el estómago al borde del vómito, una vez más hablando de fútbol. Cuando aquí la gente me dice "eres español, del Madrid y del Barcelona" y yo respondo "no me gusta el fútbol" me miran como si en lugar de español fuera de un país recóndito dejado de la mano de Dios. Siempre he dicho lo mismo, no es que no me guste el fútbol, es que no me gusta que sea el opio del pueblo y la muerte de Don Luis, no ha hecho sino recordarme este extremo. En España nos podemos estar muriendo de hambre, pero que no nos quiten el fútbol. He visto comentarios como "gracias por hacernos ser quienes somos" y yo me pregunto, el hecho de que nuestro combinado nacional ganara la copa de Europa gracias a la dirección de Aragonés, nos cambió tanto la vida. Como a todos me alegró, el triunfo del deporte español siempre es una buena noticia, pero a mí, disculpen, los señores futbolistas no me han dado nada de lo que tengo. Es más, me parece poco ético que esta gente gane lo que gane por el trabajo que hacen, mientras otros deportistas de élite apenas sí tienen oportunidades para salir adelante. La beca ADO apenas da para mucho y muchos hombres y mujeres del deporte ven cómo no pueden dedicarse a su pasión como quisieran. El fútbol, mientras todo esto pasa, lleva nuestros corazones a vivir las más altas y las más bajas pasiones. Hay personas que el lunes lo viven amargados porque su equipo ha perdido, porque Villa se ha lesionado o porque el fantástico fichaje de un nuevo jugador se ha ido al traste. No, no es normal. Lo siento, no lo acepto, no me gusta y lo rechazo como enfermizo. Una cosa es disfrutar del deporte, insisto en que yo soy el primero que gusta de ver cómo gana la Roja, y otra es poner la vida en liza sólo por esto. A mí, Luis Aragonés no me ha dado ni las gracias. Lamento su fallecimiento en cuanto ser humano, la muerte siempre es una putada traicionera--ya se me ha ido la lengua al mal lenguaje--pero más allá de eso este señor jamás ha hecho que mis sueños se cumplan, como lo ha hecho la Roja, como no lo hace ninguno de los equipos que juegan en España. Lo siento, pero no. Y es más, ya que tomé el derrotero del lenguaje soez, me la suda bastante. 
Por eso ver cómo las redes sociales, los periódicos "serios", las emisoras de radio "serias" dedican más tiempo a los detalles del fallecimiento del "hacedor de sueños" me parece innoble y me hace plantear que es por algo que en España nos va como nos va. Porque a nadie le importa nada, o eso parece. Pero el día que pierde el equipo o la selección cae derrotada frente a otra en competición oficial, nos rasgamos las vestiduras, nos llenamos los pelos de ceniza y mejor que no nos hablen al día siguiente porque arañamos la cara del pobre individuo que se atreva a mentarnos la situación. Si el fútbol se viviera como lo que es, como un deporte en que a veces se gana, a veces se pierde, pero que no afecta más en la vida, porque esta sigue, porque a los jugadores se la sudamos en tanto en cuanto ellos sigan cobrando sus millonadas, otro gallo cantaría. O, si como hacen muchos aficionados con más visión, al acabar el partido pudiéramos dedicarnos a la lectura relajada, a la visión de otros eventos televisivos de más cultivo, insisto, otro gallo cantaría. Gente como Javier Marías, que habla de fútbol y al que le gusta, creo que no es criticable, porque más allá de su preferencia, tiene una vida intelectual más allá del televisor. Eso me parece admirable, porque hay vida más allá del balompié. Y hay mucha gente que lo vive así, lo cual es una actitud loable y adecuada.
Pero en fin, España no sería España si nos preocuparan más las universidades que el fútbol y, como dijo aquél, semos españoles y eso nos lo quita ni Dios bendito.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Acción de Gracias

Hace tanto tiempo que no escribo en esta plataforma que ni siquiera he creado una etiqueta que haga alusión al mayor cambio de mi vida, sucedido hace cosa de un año y 2 meses, el 14 de septiembre de 2012. Ese día llegué por primera vez a Davis, California para realizar mis estudios de doctorado en la Universidad de California que aloja esta ciudad. 

Hoy se celebra en este lado del Atlántico que ya se asoma al Pacífico el Día de Acción de Gracias, Thanks Giving Day, en New Language. No me interesa realmente la historia, o al menos no plasmarla aquí. Mejor dicho la leyenda frente a la historia, en realidad la leyenda es bonita, pero mentira. La historia es bien triste, y cierta. Pero no quiero publicar ninguna de las dos aquí.
He estado pensando mucho si escribir esto o no y creo que lo mejor es hacerlo.
Porque si hay que dar gracias yo quiero darlas. Especialmente porque puedo estar aquí escribiendo.
Pero también a muchas personas que se han cruzado conmigo desde que llegué a Estados Unidos y comencé a celebrar este día. Desde Oberlin, Ohio, a Davis California. Gente desperdigada por este país y por otros, pero que significan o significaron algo para mí. Gente de la que he podido aprender, a veces en una buena experiencia, a veces en una mala, pero el aprendizaje siempre es conveniente.
No voy a poner nombres a riesgo de dejarme alguno en el tintero, lo cual no sería conveniente. Pero sí, estoy agradecido siempre, lleno de gracias que dar, aunque no siempre lo haga por todo lo obtenido, por todas las oportunidades, por todas las personas. Si eso es acción de gracias, quiero utilizarla hoy que me lo permiten.
Más allá del materialismo que invade este país queda esa alegría de saber que siempre hay alguien ahí para tomar tu mano y hablarte, ayudarte, empujarte...a veces para dejarte de lado, pero incluso para estos las gracias, porque enseñan a quién acercarse y a quién no, incluso por eso gracias, porque eso ayuda a escalar en el aprendizaje de cómo actuar ante el dolor.
Ahora a comer pavo, como manda la tradición, sin olvidarme de nadie, aunque no os nombre. Gracias a todos.


domingo, 25 de agosto de 2013

Le costó abrir los ojos aquella mañana. Las legañas, la oscuridad de la habitación. Pesaba en el ambiente el olor de una vela barata del ikea que se había consumido a lo largo de la noche, peleando con el oxígeno de la clausura invernal. Fuera se escuchaba caer lo que podía ser la gotera de la nieve acumulada en el tejado o quizá una lluvia demasiado cobarde para convertirse en blanco manto. Miró el reloj, no era temprano y descubrió que aquel era el primer lunes en el que había decidido no ir a trabajar. El trabajo era lo único que en aquellos dos meses y medio le había mantenido atado al mundo, pero aquella mañana somnolienta ya no importaba. Según sus cálculos, y de los médicos, le quedaban aproximadamente dos semanas más de vida. A finales de las vacaciones de septiembre un dolor en el pecho, esputos de sangre y heces ennegrecidas le alarmaron en su retiro sureño y adelantó la vuelta al oscuro norte de verano fugaz para chequear lo que supuso una mezcla de festejos, alcohol y comida de chiringuito. Dos semanas más tarde, pruebas, análisis, tacs por medio, el Doctor Beltrán le recibió en un despacho aséptico. Algún título de congreso decoraba la habitación que miraba a un patio lleno de ventanas del mismo centro médico. El doctor era un hombre de mediana edad, manos demasiado blancas para ser natural y una barba rala decorando su rostro. Aquella mañana vestía un mono verde de quirófano salpicado por algunas gotas de sangre. De su cuello pendía una máscara. Alberto García Palacios supuso que había realizado alguna intervención poco antes de llamarlo a consultas. No se sentía nervioso en absoluto. Cuando Javier Beltrán sacó los resultados de las pruebas tampoco sintió nervios. Desconectó en algún momento apabullado por el torrente de tecnicismos que salían de la boca del galeno. Al terminar éste su discurso, hacía un rato que Alberto García Palacios no estaba en esa habitación, o no lo estaba, desde luego, su mente. El doctor tuvo que llamarlo dos veces para que aterrizara y ver si el paciente comprendía la gravedad de la situación. Un cáncer hepático con aparente metástasis en los pulmones, cercano al páncreas y, por tanto, inoperable. Esperanza de vida sin quimioterapia, menor a dos meses. Esperanza de vida con tratamiento, inferior a dos años, si las medicinas funcionaban, lo que estaba por ver. Dos días para decidir, para comenzar.

Al llegar a casa se derrumbó en la cama llorando amargamente. Eran sólo 45 años. No había fumado, había bebido con moderación, y los únicos excesos eran los sexuales y de estos nada del otro mundo. Algún triunfo nocturno en discotecas de la ciudad norteña, pocas veces prostitutos de lujo y acoso y derribo durante los tiempos vacacionales. Aquello no podía estarle pasando a él renegaba con lágrimas que desembocaban en sus labios. Tenía ahorros de toda una vida como profesor de secundaria para llegar a viejo y poder vivir alocadamente. El piso, que fue de una tía fallecida, no era una carga económica. El viejo coche, un Ford Sierra también herencia bien cuidada, pues aún teniendo casi treinta años, aquel coche funcionaba como si fuera nuevo. Qué hacer ahora. Tenía dos días para decidirse y no podía dejar de pensar en cómo sería la vida más allá del cáncer. Pero no había, según los doctores (había llamado a un compañero del doctor Beltrán para una segunda opinión) vida más allá de los dos meses. Restregó los ojos contra la almohada. Se levantó despacio. Por suerte de momento no sentía ninguno de los dolores que había anunciado el médico. No sentía nada más allá de la tos y las heces, todo ello lleno de sangre que tintaba el agua del retrete. Pero no había dolor. A la mañana siguiente se levantó, como siempre, a las 6.30 y preparó las clases del día. Acudió al colegio religioso e impartió sus materias hasta las cinco de la tarde. A esa hora quiso preguntarle a uno de los muchos sacerdotes. Le expuso la situación. El padre se llenó de orgullo de que por fin Alberto se dignara, después de tantos años, a doblegarse ante la fe. Le habló de la esperanza, de la resurrección, de la paz en Cristo, le recomendó libros, la santidad de la enfermedad y otras cosas que a Alberto no sólo no le consolaron sino que le revolvieron el cuerpo. No estaba por la labor de ser un nuevo Job resignado en Dios, un dios en el que, por cierto, tampoco creía demasiado. Mantenía las apariencias y acudía a la misa diaria en el colegio sólo por mantener el puesto de trabajo. La otra opción hubiera sido salir al mercado de las oposiciones y nunca se sintió con fuerzas para aquello. Además el colegio de curas estaba bastante cerca de casa como para no necesitar usa algo diferente al transporte público. Salió del despacho del Padre Miguel más desconsolado y con un sabor amargo en la boca.

El nuevo día amaneció lleno de colores de otoño. Le pareció todo nuevo y agradable. Sintió como si necesitara disfrutarlo todo pues sabía que iba a perderlo. Sentado en la enorme casa, solo, acompañado de los sonidos del caserón—los relojes, tic-tac, la madera crac, crac, la cafetera hirviendo—tomó la decisión más importante de su vida: se iba a morir en dos meses. Pero antes de ello iba a vivir la vida al máximo, iba a gastar el cerca millón de euros—ahorros y herencias de hijo y sobrino único--que tenía ahorrados en lujos y buena vida. Compraría la casa de la jubilación veinte años antes. El coche que iba acorde con aquella casa. Todo lo que sus ricos padres habían querido para él. Él que decidió no seguir la carrera banquera del padre y se dedicó a la enseñanza para desgracia del progenitor que murió de una rabieta al saber la decisión del hijo. Él que nunca expresó su verdadera orientación sexual y mantenía una apariencia de gigoló, pensando que nunca la madre lo supo, aunque ésta murió de una llorera al descubrir a quién llamaba todos los veranos el hijo cuando llegaban al lugar vacacional. Aquellos padres, fallecidos prematuramente, le habían dejado una sustanciosa cantidad de dinero, casas, y unas tías lo bastante mayores para saber que le dejaría una herencia cuantiosa a no mucho tardar. Sólo un sobrino segundo, nieto de una de aquéllas tías, le sustrajo una vez una herencia que tenía por segura, pero que tampoco hubiera ido de más a su ya engrosada cuenta bancaria. Decidió gastar todo y, lo que no fuera gastable iría a manos de aquel muchacho casi desconocido con que apenas había coincidido dos o tres veranos, compartiendo el sur del país y el gusto por los hombres jóvenes.

Aquellos dos meses fueron un frenesí de gastos inconmensurables. La casa, primera vista de playa, comprada en un solo fin de semana. No había querido dar señales en el trabajo, contaba con el secreto del sacerdote inepto, y así mantener una fuente de ingresos por si las moscas aquello se iba de las manos y se quedaba sin el dinero acumulado. Aquella casa, de cinco habitaciones, jardín y sótano tenía salida directa al Mediterráneo, una casa de retiro si éste fuera a llegar. La puso, directamente, a nombre del sobrino con el conocimiento de éste que no dio ni las gracias. Para volver desde el sur compró un coche de lujo con todos los extras, asientos de cuero y si no se decidió a contratar a un chófer fue porque no quería renegar al placer de la conducción. En su ciudad contrató para los dos meses siguientes los servicios del catering más caro para que le cocinara almuerzo y cena cada día. Un menú de gourmet. Decidió que era hora de dejar de encargarse de las tareas de la casa y contrató servicio nacional. Era más caro que los inmigrantes, exigían cargos a la seguridad social, pero eran de mayor confianza y el trabajo realizado no podía tener pega. Su racismo natural le hacía pensar que aquéllos no le robarían nada, ni rebuscarían en los cajones. Por primera vez en mucho tiempo tuvo ropa planchada en el armario y una cocina prístina llena de buenos alimentos. Pensó, en una noche de lágrimas, que quizá sus malos hábitos alimenticios le habían llevado a aquel extremo.

Pasó así el mes y medio previo. Aquella mañana ya no fue al trabajo por primera vez. Le llamaron varias veces y adujo tener fuertes dolores digestivos. A alguien que jamás había pedido un día libre, ni estado enfermo le permitieron una semana fuera mientras era sustituido por sus compañeros de departamento. Sentía que le quedaba poco tiempo y poco dinero en la cuenta. Pero se sentía mejor que nunca. Las heces y los esputos habían desaparecido un par de semanas antes. No había dolores. Era como si la muerte le diera tregua antes del mortal final combate. Le asustaba el sufrimiento. No quería morir entre dolores. Por ello había preparado en su mesilla un paquete de medicamentos paliativos que en dosis extremas lo apartarían definitivamente de este mundo. Estaba listo para comenzar a usarlos en cualquier momento, pero éste no parecía querer llegar. En la cocina el mejor café de Colombia humeaba junto a la mejor de las mermeladas y a la más fresca de las mantequillas untadas en un pan recién horneado en la panadería más cara de la ciudad. En la casa todo era lujo desde hacía unas semanas y en la calle, frente al portalón descansaba aquel auto al que apenas le había hecho cuatro mil kilómetros y sólo porque quiso hacerle el rodaje en un viaje fugaz por la provincia y sus montañas en el que estuvo a punto de despeñarse por la excesiva velocidad y un mal uso del cambio de marchas. Leyó los periódicos, se conectó a Internet. Se adormeció de nuevo con un best seller entre las manos.

A eso de las tres de la tarde lo despertó una llamada contestada por la muchacha. Al ponerse al auricular reconoció sin dificultad la voz afable del doctor Beltrán. Le citó aquella misma tarde en la misma consulta que daba al mismo patio. Sin embargo, el médico estaba vestido de traje con corbata, cubierto por una blanquísima bata. Las manos cuidadas de la última vez movían nerviosas un bolígrafo que en ocasiones caía sobre la mesa—toc-toc—distrayendo al paciente que esperaba, una vez más, su sentencia de muerte.


La voz del doctor le sonó temblorosa durante todo el discurso, cinco minutos. Luego un silencio de otros cinco. A Alberto García no le salían las palabras por la ira. Había habido un error en las pruebas. La mañana en que le sometieron a la tortura otro paciente con el mismo nombre y el mismo apellido había pasado por el mismo calvario. Al salir las pruebas confundieron los papeles. El otro enfermo había ingresado esa misma mañana con los síntomas de una muerte cercana y estaba ingresado en la unidad del dolor del hospital, esperando la muerte en los próximos días, sino horas. La alegría de Alberto García Palacios—cuyo segundo apellido hubiera solucionad rápidamente el malentendido—se mezclaba con el enorme odio hacia aquel sistema de mierda, de manos mercenarias y torpes. No cruzó más palabras con el médico. Al volver a casa, sabiendo que había acabado su vida prematuramente y que había hecho todo lo planeado para los próximos veinte o treinta años, que ya sólo le quedaba su vida en el colegio, que había culminado todas sus expectativas, tomó el maletín paliativo y se inyectó una dosis mortal de morfina. Mientras se iba quedando dormido, vio los dos últimos meses de su vida y entonces comprendió el significado de la tan manida frase “cuando mueres, toda tu vida pasa delante de ti en un momento”. Aquellos dos meses habían sido, sin duda, toda la vida de verdad. En la nota de suicidio vertió toda la culpabilidad en el doctor y en su equipo como última venganza placentera. 

jueves, 14 de febrero de 2013

Titanic


Lorenzo estaba seguro de haber sido otra persona en una vida anterior. En su afán demostrativo había aportado pruebas—refutables todas ellas—de que él había muerto en 1912 ahogado en el Titanic.

La primera vez que me lo comentó, no sabía qué era. Me comentó un extraño sueño en el que se había levantado espantado, sudoroso, pero sin el alivio que dan los gritos. No podía expresar palabra y así, como ahogado—verbatim—volvió a dormirse en un sueño inquieto. Me contó que su madre lo había despertado completamente arropado por las sábanas una de las cuales le tapaba todo el rostro y que al liberarse de las ataduras nocturnas tenía ciertas marcas—siempre desmentidas por la madre—en el cuello, como si algo lo hubiera martirizado, arañado durante el sueño. Me lo contó una fría mañana, neblinosa, de las pocas con ese atmosférico en la ciudad. Y pensé que el tiempo iba a cambiar pronto y que, igual que otras personas adolecen de ciertos dolores en los huesos con la meteorología, Lorenzo sentiría de sueños o pesadillas.

Yo no sueño. Aunque expertos en avatares cerebrales—psicólogos en el vulgo—dicen que es imposible que eso suceda. Yo insisto en que si sueño, no recuerdo. Y, como no recuerdo, puedo decir que no sueño, porque no ha habido nada que me moleste por las noches. Es mentira, en parte, porque sí que he soñado algunas veces. Pocas. Algunas de ellas bien angustiosas, de las de alzarse gritando en las noches aterrorizado. Recuerdo 3 en mi vida adulta, mi familia de mi infancia dice otras. Pero no las recuerdo y si no hay recuerdo, no existen para mí. Puede ser cabezonería, pero soy pragmático, lo que no se recuerda, no ha existido. Y de lo que se recuerda, existe en función de esos recuerdos. Ahora, claro, resulta más compleja la cosa contando que siempre puede haber algún imbécil que te grabe y estropee el encanto. Ya no hay historias, hay documentos y no es lo mismo.

Lorenzo volvió a soñar con esos ahogos y supuestas marcas—vueltas a negar por su señora madre doña Paz—dos vez más que yo recuerde. Me contaba que él bajaba unas escaleras cubiertas de agua, sin poder respirar y viendo como si la gente alrededor flotara en el aire, que era agua en sus propias palabras, pero que en el sueño, de nuevo según él, era difícil de distinguir pues a pesar de lo vívido uno no sentía la humedad…no obstante, dijo, los sudores no eran tales sino restos del agua.  Contradicho. No quiero adelantar, pero la madre nos comentó en petit comité que a sus años seguía orinándose de vez en cuando en la cama. Algo de familia pues el abuelo del niño siguió orinándose en la cama una vez al mes porque, según él, si los animales marcaban el territorio de la hembra, él podía hacer lo mismo. Sí, el abuelo lo hacía consciente una vez acostado, pero consciente. El padre biológico de Lorenzo tuvo problemas de incontinencia hasta que abandonó a la madre por la psicóloga que lo trataba de aquello. Las malas lenguas dicen que más que dejar de orinarse, la supuesta doctora le dio un ultimátum que la madre de Lorenzo nunca supo, o quiso darle. Pero Lorenzo no parecía tener más problemas que el de aquella incontinencia extraña que lo inundaba cada noche. Las poluciones nocturnas que a todos nos acucian a ciertas edades no le llegaron o, si lo hicieron, se le confundieron con la orina que seguía manando nocturna. Eso me ayudó a comprender su ausencia en los no pocos campamentos que hicimos sus amigos, una vez al mes. Nunca vino y pensábamos que su muy posesiva madre no se lo permitía por falta de fondos, aunque le habíamos ofrecido pagarle alguna estancia. No impedía nada de esto, ni los sueños, ni su incontinencia que Lorenzo fuera un niño feliz, nacido en un país próspero. Eran mediado de los 90.

Teníamos 16 años para 17 cuando estrenaron la primera versión de Titanic. La película llegó, cómo no recordarlo, rodeada de una estela comercial que la hacía cada vez más atrayente para los jóvenes. Las chicas, enamoradas sin piedad de Leonardo di Caprio, pedían a los chicos que las acompañaran y les dieran la mano mientras se hundía el infinito el pelele con el rostro del actor. Yo creo que los chicos, salvo los marcadamente homosexuales, íbamos a ver si entre lágrima y lágrima, podíamos meter mano a la chica que sollozaba sobre nuestro hombro. Del mismo modo, vi, por primera vez en mi vida, muchachos con muchachos. Y aunque no era una aberración para mí, educado en las libertades, fue un poco chocante ver aquello por primera vez. Me río ahora, años después, cuando tengo tantos amigos casados con hombres con los que, como no puede ser de otra manera, convivo. Pero entonces fue la primera vez que observé aquellos comportamientos. Pero no tiene nada que ver con mi historia, y disgrego demasiado. Yo fui al cine con Lorenzo y dos chicas. Me fascinó la película. Me semejó majestuosa. Aquel film era una maravilla de la técnica. Ahora que han pasado los años creo que estaba sugestionado por tantas cosas escuchadas alrededor de aquel nombre. Y es que quien estuviera allí, consciente, recordará cómo hasta los noticieros de las principales cadenas del país llenaban parte de sus espacios hablando de aquel mítico barco sumergido por azares del destino. Se buscaban, en los mismos telediarios, imágenes antiguas, se explicaba la leyenda, se hablaba. Hubo una de esas fiebres fílmicas, no era la primera, no fue la última.

Lorenzo estuvo en éxtasis toda la película. Como traspuesto, los ojos perdidos en la pantalla. Creo que se orinó encima, aunque él juró que el refresco con que entró a la sala se le había volcado en los pantalones. Recuerdo que al salir del cine se fue, dejándome con las dos muchachas y arruinándome la noche, pues la que se quedó sola, ambas compañeras del instituto al que también acudíamos mi amigo y yo, comenzó a aburrirse y a desear volver a casa, ante lo cual no quiso o no pudo negarse la otra.

Cuando volví a ver a Lorenzo, unos días después, pues había estado enfermo—un gripazo, según él mismo (lo que me contó luego la madre, fue otra cosa)—no era el mismo adolescente que yo conocía. Se había quedado arrobado. De mirada perdida, sonrisa falsa. Mantuvo el primer puesto en el instituto y fue a la universidad un año después. Ahí le perdí la pista. Yo me dediqué al periodismo, creo que él hizo historia.

Volví a saber de él hace menos de un año. Su foto aparecía en la página de sucesos de un periódico de segunda clase, un panfleto morboso. Muerto. Apareció flotando en el lago de la Casa de Campo, descubierto por una prostituta que hacía un servicio contra un árbol. La muchacha de origen africano, vio algo raro, que no era una barca, flotando sobre las aguas del lago, borroso con las primeras luces del amanecer que hacen que todo parezca azulado. Se llevó un par de bofetadas, declaró en el informe al que tuve acceso, por no chuparla bien. A la segunda salió corriendo bajo amenazas de muerte. Llamó a la policía, diciendo que era como los cuerpos que ella veía desde la patera de los compañeros muertos en la travesía que la había traído de un infierno a otro. La policía encontró, efectivamente, un cuerpo de un varón de unos treinta y tantos años ahogado. Era la mañana del 15 de abril de 2012 y se cumplían cien años del hundimiento del barco más avanzado para su época. En una escueta nota, Lorenzo Cepeda León decía que era su destino cien años después.

jueves, 7 de febrero de 2013

Apático


Estaba sentado frente al ordenador, un portátil más, de gran pantalla, con la penúltima versión de Windows instalada y una versión pirata de office que le hacía la vida más fácil. La ventana sólo reflejaba la luz de su lámpara multicolor que se perdía en el infinito de la noche. A esas horas ya no se apreciaban las pocas plantas que rodeaban el marco de cristal. A esas horas, en aquella nocturnidad alevosa, uno podía pensar que sólo el infinito se abría tras los cristales. Una imaginación inquieta aventurarse en una idea apocalíptica de último superviviente. Pero hacía tiempo que ya no era aquella mente calenturienta presta a imaginar otros mundos diferentes. Y menos aquellos días en los que su mente, como el caballo de Atreyu en la novela de Michael Ende, se había sumergido en un pantano de difícil paso, lleno de deseos de nada. La apatía, que es un cáncer de eterna metástasis, lo inundaba todo. La mente se embotaba. Los dedos, como autómatas, marcaban las teclas en una red que se hacía ociosa e inútil. Un barco a la deriva. Una música de acento castizo embobaba más el ambiente. Nada por hacer…sólo la vida. Pero ningún deseo de darse al trabajo. Cualquier vuelo de mosca ávida de fluidos se convertía en excusa perfecta para alejar los ojos, la mente, el alma de cualquier trabajo productivo. Apatía. Se acostó sin sueño, pero mejor aquella postura de camuflaje sobre el colchón, sin agobios. La mente, en cualquier caso, estaba dormida: la única diferencia, la apertura de los ojos. Sintió, curioso, una cierta necesidad de masturbarse. El placer nocturno lo acució como un zorro a las gallinas. Pero tampoco sentía ganas de aquello que se había hecho rutina. No obstante abrió una de esas páginas, los dedos la encontraron solos sobre el teclado, y se tocó durante unos minutos. Se limpió, encestó la limpieza en la papelera, apoyó la espalda sobre aquella mierda de silla y luego se levantó. Vagó desnudo, con el pene fláccido por la habitación, disfrutó de su imagen en el espejo. Se volvió a sentar, había habido un disparo de lucidez—le pasaba tantas veces después del onanismo—y trató de juntar algunas palabras en el procesador de texto. Una, dos, tres líneas, un párrafo…se acabó en el último acento de una palabra aguda terminada en s. Se le fue al ir a escribir una mayúscula y sintió de nuevo el inmenso peso de la noche, la desgana vital. Seleccionó todo, negro como la noche. Borró—suprimió que es más explícito—y miró por la ventana sin ver, sin sentir. Recostó en la silla su día eterno, cerró los ojos. Apagó la máquina y se lanzó de cabeza a las almohadas que lo aguardaban. Mejor así, no hay nada que hacer, nada con que aburrirse. Mañana será otro día…o será el mismo con otro nombre.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Imposible título


Llevo tanto tiempo sin escribir. Sin dedicarle un segundo a la escritura personal…que tengo ahora anquilosado el músculo de la escritura. Me da pereza empezar cualquier cosa. Y supongo que también miedo. Miedo a  volver al camino, miedo a no saber qué escribir, ni cómo hacerlo ya. Es como si hubiera algo ahí clavado que no deja fluir mis pensamientos, y eso, también, da miedo. No es como montar en bicicleta, por mucho que otros se empeñen, no. Esto, sino lo ejercitas, se convierte en cáncer y a la hora de recuperarlo la quimioterapia es tan dolorosa que la mayoría decidimos no volver por esos caminos. A veces nos sorprende una frase genial y entretenida, algo que de seguirlo sería un buen relato, quizá una buena poesía o un ensayo…pero no. Ya el miedo instalado como los cuervos sobre un cadáver paraliza. Es cruel este temor. Es injusto. Sobre todo cuando uno ve la facilidad que tienen otros de seguir por las baldosas amarillas que llevan hacia Oz mientras otros están perdidos en el tornado del las brujas cardinales.

Llevo tanto tiempo sin escribir. No, ya sé que no es miedo. Es pereza, es no saber administrarse el tiempo, es dejarse llevar por las corrientes que azotan mis ramas. Tengo el virus dentro, pero se ha enquistado y no quiere funcionar, ha engordado, ha mutado y ha encontrado un lugar calentito donde establecerse sin tener que trabajar más. Es una lástima. Quizá tenga que llevarlo al gimnasio, pero ¿cómo? Si yo mismo no sé si quiero volver a sacarlo y temo que salga, porque yo mismo, no ya el virus de la escritura, me he vuelto perezoso y acomodado sin hacerlo. Porque ya no quiero buscarle el tiempo que necesita. Porque pienso que sólo en negro sobre blanco para imprimir es lo que vale, sin darme cuenta de que es lo contrario que esto se construye de otra manera. Y que hay que hacerle un hueco cada día, sin dejarse llevar por la comodidad de las noches en la cama.

Llevo tanto sin escribir. Quizá sea tiempo de volver a buscarle un hueco. Despacio el buscarlo. Pero hacerlo, redirigir mis pensamientos, tratar de imaginar y dejarlo fluir. Lo voy a intentar, aunque no prometo nada de los resultados.

jueves, 5 de julio de 2012

El viajero del siglo, Andrés Neuman

Me resulta muy difícil caracterizar este libro y, sin embargo, me atrevería a decir que es uno de los mejores libros que he leído últimamente.
Lo que podría haberse quedado en novela romántica, sin más, se convierte en una novela total que toca todos los géneros, que los incluye alrededor de su argumento  y que por eso la hace tan compleja a la hora de definirla.
La historia es una de esas de amor que, si la leéis ya sabréis cómo acaba. Alrededor de ello se crea una compleja red de reflexiones-enmarcadas generalmente alrededor de una tertulia y, por tanto, al más puro estilo decimonónico-alrededor de la filosofía, la literatura, el pensamiento que hacen de la novela un total muy interesante.
El autor se ha tomado el enorme trabajo de reflejar algunos de los más grandes poetas, sobre todo alemanes y británicos, del XIX a los que presenta brevemente, pero esas pinceladas, al menos a mí, hacen que me apetezca sumergirme en esa propia poesía que aparece en el libro.
Aparecen, a su vez, reflexiones que aún todavía siguen vivas, especialmente aquellas del debate entre la fe y la razón que reflejan, a partir de la mente de los personajes las de los filósofos más conocidos de ese siglo, y que nos unen a los personajes que, todavía siendo personajes del XIX parecen completamente actuales.
Los dos personajes actuales están magistralmente creados, pero también el resto, que hace de la novela un agradable marco de eso que pudo ser la sociedad que trata de reflejar.
El autor, además, crea la sensación de irrealidad y magia que no es lo cual hace más agradable la lectura pues uno se va deslizando esperando algo fantástico cuando no deja de ser algo completamente realista y normal. Quizá esa sea la magia mejor conseguida de esta novela. Uno espera soluciones fantásticas pero son sólo eso, sensaciones.
Es una novela densa, que merece leerse despacio y tranquilamente, muchas veces incluso tomando nota. 
Le pondría un 8 sobre 10