La literatura era el sitio de mi recreo. Un lugar donde escapar de la mediocridad que me rodeaba. Aquella mediocridad que yo mismo alimentaba tantas veces, dándome a los placeres de la vida, me repulsaba y tenía que huir hacia delante. Hacia lugares ocultos en mi mente y en las líneas de los libros que leía. No sólo los obligatorios sino también aquellos que eran mencionados de pasada. Libros que el profesor pincelaba como relacionados me obsesionaban y a la primera oportunidad me hacía con ellos para devorarlos con ansias de antropófago. Aquel verso de Claudio Rodríguez “Siempre la claridad viene del cielo” me tuvo en vela varias noches en que como una letanía lauretana iba y venía de mi cabeza hasta que al fin pude leer Don de la Ebriedad y saciarme en la borrachera de sus líneas. La literatura, como se ha manoseado tantas veces ya, me liberaba y me ataba al mismo tiempo. Era la droga que completaba mis sueños y mis noches. Ella y el cine eran aquellos lugares inmortales que me daban alas para poder volar sobre un mundo que, en el fondo, apestaba. Un mundo del que no podía, quizá no quería huir, al fin y al cabo era mi mundo. El de un adolescente eterno que se negaba a crecer, entregado al hedonismo de la no lucha por la vida. Como todos los que me rodeaban. El hedonismo no confeso era nuestra nueva fe por la que ni siquiera seríamos capaces de luchar porque éramos minusválidos de la vida que amábamos. La misma presencia del placer, nos hacía inútiles para defenderlo. Si algún día tuviéramos que pelear por ello lo perderíamos pues desconocíamos las armas que habían descargado nuestros padres en su lucha contra el mundo. Nos negábamos a crecer bajo aquella luna llena eterna y sólo la perpetua orgía de la vida nos mantenía en forma para entregarnos a ella. El resto, alrededor, simplemente no existía. Pero me hastiaba de ello, como uno se hastía cuando cree tener todo. Uno quiere huir de lo que tiene porque llega un momento en el que siente que ya no es lo bastante bueno y siempre quieres algo mejor que… En cualquier caso quedaba, como los deseos de la Princesa Prometida, siempre el pirata Morgan que venía a rescatarme.
Podrás decir, desocupado lector, que esa ansia literaria que me dominaba era un chupón: que el cine y la literatura eran dos chupones en mi vida. Digo que no con total seguridad. Un chupón, como dije ya, no permite una vida normal pues absorbe energía, jamás la entrega. Un chupón es un parásito que vive de uno mientras uno trata de vivir. Mis aficiones, mi miedo a la mediocridad, no eran chupones: eran mi vida. Eran el agua que la planta necesita para sobrevivir y el sol con que hace la fotosíntesis. Yo absorbía mi vida de ambos y la podía irradiar. Un chupón jamás permitirá esa actitud, sobre todo porque, me atrevería a decir, es parte de la antivida.
Por aquel entonces mis relaciones con las mujeres seguían el mismo patrón de placer. Relaciones cortas. Fuegos artificiales que morían al estallar y que desaparecían como el humo de la pólvora sin dejar marca sobre el cielo estrellado. No sentía ningún interés en un compromiso prolongado. Igual que un alpinista que alcanza su último ocho mil y no decide quedarse a vivir allí, una vez alcanzadas las cumbres de la pasión, y antes de que ésta comenzara a apagarse yo empezaba el descenso suave hacia el campamento base de la rutina, sin mirar hacia atrás. Era una forma de protegerme y de proteger mi mundo. No era miedo, de eso estoy seguro. En cualquier caso, confiaba en que algún día aparecería alguna persona que consiguiera situarme de verdad en el suelo y con la que pasar más tiempo que con el resto. Esa persona, estaba seguro, terminaría de anclarme a uno de los dos mundos entre los que vagaba o, quizá, a los dos. Una galería que me permitiera seguir volando por la literatura y llevar una vida razonablemente mediocre de juerga eterna en bares de la ciudad después de un recital de poesía en el Ateneo. Esa era la idea sin duda. Poder acudir a un elevado recital, presentación, concierto. Alardear de ser alguien que no es mediocre. Y minutos más tarde caer en los brazos de la tasca y dejarse arrastrar por el taperío urbano. Por eso no me detenía sobre mis pasos, mis conquistas eran tan efímeras como un recital. Unas horas, unos días. Satisfacción del insatisfecho. Tántalo por propia elección.
1 comentarios:
Siempre me enganchó a tus blogs lo que nos contabas y cómo lo contabas....¡como un maestro Didac! y es por eso, porque eren un chupon literario...)jaja) por loq ue siempre me he mantenido a tu lado. Un gran beso
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