sábado 17 de diciembre de 2011

And I love her (4)

¿Qué sintió Dante al ver a Beatriz?¿Quién fue Laura para Petrarca? Mujeres que cautivaron la vida de los dos toscanos y que les hicieron escribir cumbres de la literatura que todavía hoy llegan a nuestras manos ardientes de pasión. Quizá sea atrevido lanzarme en una comparación con estos autores, especialmente cuando apenas sé juntar palabras con sentido y belleza. Igualmente, recuerdo aquella tercera hora, cuando ya el hambre empieza a llamar a la puerta y el sueño viene con ella. El cansancio de toda una mañana en ayunas y la repetición de prerrogativas por parte de los docentes mina el ánimo del más dispuesto. Y yo lo notaba, sentía que mis párpados no estaban tan abiertos como debían, ni mi espíritu tan dispuesto como dos horas antes. Pero mantendría la lucha para aquella tercera hora, la última del primer día. El profesor repartió las hojas de los programas—literatura española del siglo XVII—con una extensa bibliografía que comenzó a comentar muy por encima. Marqué en rojo las lecturas obligatorias; en verde las que más me llamaron la atención; en negro las que el profesor garantizaba como libro base para un mayor comprensión. Recuerdo que en mi afán escuché la puerta de la clase. Golpe demasiado tardío para ser respetuoso. Un taconeo, inmundo sonido de taladro en mi cabeza, y una silla arrastrándose sin cuidado. El profesor en silencio “esperemos mientras nuestra compañera decide acomodarse y dejar de hacer ruido”. Mala entrada donde las haya: primer día en boca y mirada del profesor. Terrible situación, silencio tenso en el aula; siempre hay gente audaz que responde al profesor y le reta. No fue el caso. Sólo un inaudible “mis disculpas” y de nuevo la voz del profesor. En el ínterin tuve suerte de poder girar mi cuello y verla. No la conocía, debía ser nueva en el grupo o en la facultad. Pero sé que al verla me sentí terriblemente turbado por su rostro de perfectas medidas. De sus ojos simétricos, vivos y de una amplitud que ensombrecería el sol (el hecho de recordarla me pone cursi, lo siento). Era Beatriz y Laura en uno y así lo sentí nada más verla.
Al salir de clase la vi perderse entre el marasmo de estudiantes. Yo me reuní con mi grupo de amigos, comentando, como no podía ser de otra manera esa entrada triunfal de la muchacha. Ninguno de ellos la conocía. No había venido a las primeras horas, por lo que supusimos que ni siquiera era parte de nuestra universidad, sino probablemente, tenía aquella asignatura como de libre elección de otra carrera. En cualquier caso, ya en aquel momento yo sentía palpitar dentro de mí algo que no pude relacionar hasta mucho más tarde.
Cuando la maquinaria del curso comienza a andar-- y suele terminar de engrasarse tras la primera semana-- todo toma una pátina de rutina indeleble sólo rota por las vacaciones y los puentes., Todas las semanas tienen la misma faz que la anterior y sólo uno por sus propios medios puede hacer que así no sea. Aquella muchacha desconocida entró de lleno en la rutina de mis clases. Estaba en mi grupo de clases por lo que podía verla desde las 8.30 hasta la hora de comer. Su sola presencia hacía nacer en mí sentimientos variados: atracción, infinitud, soledad, poquedad y otros tantos que movían mi espíritu mientras ella rondaba como un alma en pena a mi alrededor. Todas las preguntas imaginables sobre ella acudían a mi mente. No sabía nada de ella pero ¿cómo era posible? Ella había alcanzado cuarto curso sin siquiera pasar por una de mis clases. No ya sólo las obligatorias, tampoco las optativas donde demasiadas veces nos mezclábamos todos los cursos de la facultad además de distintas ramas de filosofía y letras. Había clases que podían tener lista de espera y en las que llegabas a coincidir con personas de otras carreras bien distantes. En una facultad algo minoritaria como aquella, más y más con el transcurrir del tiempo, era imposible no haberla visto. Quizá era sólo una visión fugaz la tenida. Pero de haber sido así, cómo no recordarla, cómo no haber grabado su perfección en mi retina para que, aunque difuminada durante tanto tiempo, volviera a mi memoria en el mismo momento de su resurrección. En cualquier caso, no me sentía con fuerzas suficientes para acercarme para ella. Me sentía pequeño e inútil, estúpido, pusilámine; malestar que se añadía con la fuerza de una marea interior a todo lo positivo que me provocaba su visión. Me sentía como un sacerdote de Cibeles que impelido por el frenesí de la adoración de la diosa fuera capaz de castrarse a sí mismo. Mi frenesí era enorme hacia ella, su figura era el sol que me daba luz, mi castración el miedo a un simple acercamiento y al rechazo.

Durante menos de dos meses me contenté con las afirmaciones que oía a mi alrededor sobre ella y con escucharla en clase. Sus reflexiones eran profundas, cercanas a mis opiniones, arañando en la conciencia dormida de la clase que casi nunca se preocupaba de preguntar al profesor si aquello que estaba contando era verdad o sólo afirmaciones repetidas durante años de docencia. Ella se molestaba en contradecir y preguntar, en investigar. Pero todo mi conocimiento básico sobre ella llegaba sólo a ese extremo. El resto eran preguntas. Entraba y salía sola de clase, no la veíamos con nadie. No iba a la biblioteca. No tomaba transporte público. Un fantasma corporal que paseaba entre nosotros sin ser parte de nosotros. Capacidad de desvanecerse en el tumulto absoluto sin dejar más huella que la desazón que provocaba no poder acercarse, no poder seguirla.

2 comentarios:

Winnie0 dijo...

¡Quiero MASSSSS! bss

danimetrero dijo...

Hola. Creo que esto te puede interesar.
Tierra de Trampas (herramientas para escritores) es un blog de literatura creado y dirigido por Daniel Paredes (escritor, coordinador de talleres y corrector literario). El sitio se construyó para el goce de todos los amantes de la literatura, y muy especialmente para escritores en proceso de aprendizaje, principantes o avanzados.
http://tierradetrampas.blogspot.com/
un saludo Didac