domingo 18 de diciembre de 2011

And I love her (5)

Fue a principios de noviembre, Halloween, pagano carnaval buscador de espíritus cuando la pude ver por primera vez fuera de la universidad. Su disfraz de Morticia Addams, recortaba su silueta grácil sobre un vestido negro. Un rostro especialmente pálido gracias al maquillaje era como un plenilunio entre nosotros, apenas calentaba, pero su luz era suficiente para iluminar nuestra playa. Durante toda la fiesta tuve oportunidad de observarla a placer. La vi deshacerse de un sin número de moscones que trataban de entablar conversación, me atrevería a decir que toda la fiesta, en términos masculinos, se acercó a ella como si de animales en celo se tratara. El alcohol fue haciendo estragos y cada vez los hombres eran más babosos, más molestos. Yo observaba imparcial, sin haber conseguido alcanzar ese momento agradable que separa la conciencia abstemia de bienestar inconsciente del alcohol. Al verla allí había decidido no beber más, no podía permitirme hacerlo o sería como tropezar en un recepción real y caer al suelo delante de toda la corte. Prefería ver cómo los satélites eran incapaces de alcanzar su órbita, como meteoros que sólo levantan una espesa capa de polvo pero sin hacer apenas mella en la superficie. El rostro de ella era impenetrable: una sonrisa para todos pero siempre la misma actitud que, sin ser desdeñosa, ponía a todos en su sitio evitando cualquier esperamza. Desde mi atalaya privada me preguntaba por qué aquella actitud. Quién era aquella fantasma que se permitía aquel lujo, qué la hacía permanecer. Recuerdo que llegué a pensar en alguna filiación religiosa, aunque resultara, a su vez, incompatible para aquella fiesta que paganizaba nuestro Todos los Santos convirtiéndolo en un carnaval ridículo. No, no resultaba creíble aquella opción tampoco. Y más incógnitas hasta que, como siempre desapareció, disuelta en la multitud; me acerqué a por una cerveza a la mesa y al volver a mi punto de observación ella ya no estaba. Sentí una terrible angustia. Un ahogamiento. Volveríamos el lunes a la facultad y todo sería igual, un rayo de luna inalcanzable que se paseara ante mis ojos sin que yo pudiera tocarlo, apenas sí verlo. Y abandoné la fiesta ante la sorpresa de mis alcoholizados amigos que no entendían nada. Paseé por un Madrid en fiesta, con gente ridícula que gritaba y bebía aprovechando que aún siendo noviembre, el frío no había terminado llegar. Evité grupos de vomitadores, botellones a los que la policía esperaba para multar, multitudes que se formaban en la puerta de los garitos de moda que cerraban a las tres de la mañana. Caminé por una ciudad en la niebla de mis ojos. Yo era ajeno a todo, miraba pero no veía, me gritaban, pero no escuchaba, me escupían y ponía la otra mejilla. Ecce homo del amor en aquella noche que caminé por el camino a la cruz que había entre la casa de mis amigos y la mía. Varón de dolores. Soledad inmensa en la cruz de mi cama donde sólo un clavo en mi cabeza se hundía mientras trataba de hacer una composición de lugar sobre cómo seguir caminando. Dormí el pesado sueño de la incomprensión y desperté vacío al día siguiente. El tiempo todo lo puede curar, así que decidí entregarme a sus curas.
Algo menos de una semana después, sin embargo, ella se acercó a hablarme. Su nombre salido de sus labios por primera vez: Costa, un capricho de la cinefilia del padre quien poseía en un director con el mismo nombre uno de sus fetiches. Su voz era como la del dragón de la suerte de Michael Ende, quien haya leído ese libro sabrá a qué me refiero. No entendía por qué, después de tanto tiempo, venía a mí. Una cercanía que me turbó aún más de lo que ya estaba, especialmente tras la decisión de volver mi mente hacia lo profesional para, de esa manera, limpiarla y liberarla. Pero allí estaba ella con su presencia, había llegado a mí sin ningún ruido, sorpresiva aparición y me estaba hablando.

--Perdona, tienes un momento—sus ojos entre la súplica y la sonrisa.
--Claro—cómo negárselo—dime lo que quieras.
--En fin, creo que no nos conocemos ¿verdad? Así pues me presento; me llamo Costa—y sonó como las olas rompiendo contra la playa en un día de cielo gris.
Y se creó un embarazoso silencio, en el que olvidé mencionar mi nombre, entre los dos nuevos conocidos, como cuando se abre una bifurcación en el camino y no sabes hacia donde dirigir tus pasos sabiendo que cualquiera de las dos te llevan a un sitio apetecible pero que uno de los dos es más conveniente que el otro—Un placer.
--Lo mismo digo—el abanico de su sonrisa se abrió en la eternidad de aquel minuto—me gustaría hablar contigo, pero no aquí rodeados de gente. Qué tal si nos vemos a la salida y nos invitamos a un café—el suelo abierto bajo mis pies.
--Claro—la voz temblorosa por la sorpresa de aquel ataque masivo—espérame fuera a la salida y vamos donde sea.

Sólo ha habido una hora de clase más larga en mi vida a parte de esa en la que aguardaba un premio no merecido. En la que no pude apenas centrarme en mis apuntes ni en las palabras de la profesora. Cuando conseguía enfocar en la literatura la dama de algún poeta venía a los labios de la docente y entonces mi mente volvía a irse al desierto de las ideas donde vagaba en busca de un oasis que no existía.
Quizá ahora tenga idealizado aquel momento. Mi mente, siempre algo enferma y tendente a lo poético habrá desdibujado aquella primera conversación. Estoy seguro porque entonces no tendría sentido lo sucesivo. Aquello fue la primera piedra de todo un edificio por construir y del que yo no tenía los planos. Supongo que ella tampoco. Pero como dice el Evangelio no podemos construir sobre base de arena. No obstante, no adelantaré acontecimientos. Aquella conversación fue mágica, al menos para mí, turbado desde hacía meses por su presencia. Se me abrían las puertas del paraíso como le había pasado a Dante con Beatriz. Había pasado por los diferentes círculos del infierno y del purgatorio y, sin esperarlo pues creía haberme quedado para siempre en este último, llegué a unas puertas nuevas que comenzaron a abrirse aquella tarde.
Cafetería de facultad: universo de facciones bien diferentes; gente que no va nunca a clase y hace vida allí; gente que toma el café más rápido de su vida para seguir con sus ocupaciones; los que desayunan; los que comen. Una algarabía eterna donde hablar resulta tan difícil como encontrar un sitio cómodo donde no se siente otro grupo a molestar. Camareros malencarados que no quieren trabajar allí pero que se sienten obligados a ellos; el camarero obseso con la femineidad que nunca atiende a lo que no tenga pechos; el mismo camarero que se equivoca tres veces de pedido cuando lo solicita una chica bonita y todos sabemos que sólo es una excusa para poder acercarse más veces a ella; el jefe de los camareros que parece que hubiera trabajado allí toda su vida y que trata con desprecio a aquellos personas que él detecta como no habituales. El café intratable que provocaba, sí o sí, efectos adversos en el flujo intestinal de cualquiera. Máquinas de compra que nunca funcionaban, cambiadas varias veces cada semestre. Un suelo que pondría a prueba cualquier servicio de incendios y bajo el cual todos suponíamos que existía un universo paralelo por lo cual nunca limpiaban demasiado. Luz artificial para evitar el sentimiento de desasosiego que provoca el imparable paso del tiempo marcado por el sol. Allí la vida se detenía porque no había tiempo; como en los buenos centros comerciales. En ese lugar tenía la cita más importante de mi vida. Me acercaba a mi destino, o eso pensaba yo, y no tenía miedo. Sólo temor de aquel lugar donde tantas cosas, en aquellos cuatro años, había fraguado y que, bien lo sabía yo, no era el mejor para entablar conversación.

1 comentarios:

Lola Mariné dijo...

Vaya, no leia algo tuyo desde los tiempos del recreo.
Me alegro de que sigas escribiendo, y es evidente que has progresado mucho.
Besos