Ella me esperaba sentada en una mesa solitaria justo en el centro del salón. Mesa fija, sillas móviles. Un café negro entre sus manos, un libro abierto sobre la mesa donde descansaban sus ojos. Ante mi llegada el libro fue sumergido en una mochila ajada de marca impronunciable donde asomaban cuadernos y hojas sueltas. Me lanzó una andanada sonriente ante la cual no pude sino rendir mis naves. Un café, negro como el suyo.
--Todavía no me has dicho tu nombre—me dijo mostrando una mueca casi infantil de enfado, transformada en una ligera carcajada que llenó de aire mis pulmones que habían olvidado su automatismo respiratorio y a los que tenía que ir mandando instrucciones para que funcionaran.
--Alejo—traté de no titubear—un placer conocerte—traté de aparentar que no la había visto, que no la había seguido con la mirada durante aquellos meses, que era la primera vez que la admiraba. Y ella supo que todo era mentira.
--Llevamos meses en la misma clase ¿verdad?—pregunta retórica a mis flacos intentos
--Sí, eso creo, aunque no nos hemos hablado nunca. Tampoco hemos sido presentados oficialmente. Por eso mis formalismos; prácticamente no nos conocemos.
Una risa de burbujas llenó el tenso silencio creado. Me dejaba sin palabras. No podía seguir camino, mis pies clavados, mis pulmones detenidos, mi cerebro mandaba órdenes inconexas a mis miembros.
--Quería decirte que te vi el otro día en la fiesta de Halloween. Me hubiera gustado hablar contigo, pero no tuve un minuto libre--¿súplica, disculpas?—a veces me canso pronto y decido irme temprano hacia casa. Ese día me sentía un poco agobiada por tanta gente y me fui antes que nadie.
--Yo tampoco aguanté mucho. Antes de las 4 estaba ya en mi cama, calentito—intenté acercarme con ese ridículo diminutivo que sólo tiñó de infantil mi conversación--¿Y como es que querías hablarme?—se me escapó la pregunta, la peor de todas las que tenia en mi mente. Me miró con sus ojos de fondo de mina.
--Porque llevo meses viéndote en clase y nunca nos habían presentado. Porque creo que eres la única persona que no me ha hablado en este tiempo. Porque siento que me respetas y que por eso mismo no me has hablado. No has querido mis apuntes, no has deseado mi ser. No has babeado delante ni detrás de mí. Hay algo en ti que, aún sin conocerte, me lleva hacia ti y crea confianza. Nunca me había pasado así y sin embargo aquí está—cubrió su pecho con la mano—y no puedo evitarlo. Desconfío de todos y de todo, pero tú has demostrado ser, quizá, digno de confianza. Hace mucho que no siento algo así, y sé perfectamente a qué me refiero. No me mires con los ojos tan abiertos, sé que resulta sorprendente, pero hace mucho que no me atrevo apenas a salir porque temo ser acosada.
El silencio de una fosa marina se abrió en la cafetería. Ella miraba a mis ojos perplejos y yo me asomaba al abismo de su sentimiento más hondo. Era cierto, mi miedo era, en parte respeto, aunque también pánico a no ser suficiente para ella. Para la que sabía, sentía, podía ser mi otro yo. Su hálito me hacía pensarlo así y me daba miedo no ser más que un grano de arena para la playa. Por eso respeto, por no querer molestarla con mis tonterías, por no tratar de llenarla con algo que la dejaría más vacía de lo que podía estar. Todo eso era mi respeto hacia ella y ella lo había notado y lo tomó como bueno. Como en el Génesis “y creó Dios la luz y vio Dios que era buena”. Y ella creó mis miedos y mis respetos pero vio que eran buenos y eran dignos de ella. La metáfora de su nombre me convirtió en el mar que roza la ribera. Ella mi costa, yo las olas que debían romper sobre ella en rutina infinita mientras el mundo existiera. Luego volvimos a la realidad de la facultad
--No sé qué contestarte—de nuevo traté de no tartamudear—es cierto y no lo es a un tiempo. Ha sido respeto—y decidí dar cabida a la sinceridad aún a riesgo de perderla—y miedo—y le narré mis sentimientos abriendo una brecha de imposible marcha atrás. Ella, lo recuerdo, asintió y sus ojos mineros se hicieron felinos un segundo.
--Da igual. Simplemente no tengas miedo—y habló con la seguridad del enfermo terminal que pide que nadie llore aún sabiendo que es imposible—déjate conocer, conóceme—sonó a Sibila délfica—y aprovecha lo que venga—palabras audaces ante un desconocido, profecía primitiva, origen de otras muchas.
1 comentarios:
¡Me encanta esta serie y me tienes enganchada cada entrega! Bss
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