jueves 22 de diciembre de 2011

And I love her (7)

Decidimos vernos fuera del ámbito académico. Igualmente, lejos de miradas impertinentes. Cuando uno comienza un camino prefiere hacerlo sin la ortopedia de muletas que estorban más que ayudar. La cita fue en la Filmoteca de Antón Martín. Un ciclo de cine italiano. Una película llamada “La habitación del hijo”. Un enorme drama que no he vuelto a ver. Recuerdo que traté de mantener mi masculinidad y no llorar. No lo conseguí y mientras Costa lloraba sobre mi hombro, yo pugnaba por no hipar y ser descubierto…pero si una película me emociona, no puedo evitarlo. Salimos al vespertino noviembre madrileño con los ojos enrojecidos, el alma encogida y deseos infinitos de hablar de aquella película impactante. Ante la ridiculez de la situación pronto empezamos a reírnos de nosotros mismos mientras alcanzábamos las vistas de Casa Granada. Allí asomados a Madrid y abrigados hasta la coronilla despiezamos la película y miramos el programa en busca de futuras visitas. Nos sumergimos en el mundo de los sentidos, en mi recreo. Ella me llevó allí, porque era su sitio…sobre el paisaje onírico que construimos aquella tarde recuerdo el primer beso que nos dimos. Estábamos hablando de alguna película extraña sobre un preservativo asesino que ambos habíamos visto en un ciclo de películas B. Ella narraba y yo me dejaba llevar. Clavé mis ojos en los suyos y nos fuimos acercando, bajando el nivel de la voz, subiendo el del momento. Un susurro, un centímetro. Silencio, unión. Sus labios recorriendo los míos yo sumergiéndome en ella. Su mano en mi espalda, las mías en sus mejillas. Un minuto, dos, tres…y una voz rompiendo la magia.
--Estamos cerrando, chavales.

No se repitió aquella noche. Ella tenía que volver ya a casa y al día siguiente había clase. No pude dormir, como no puede dormir la persona que está en el agua a no ser que quiera morir. Y no quería morir, quería mantener en la memoria aquella terraza asomada al infinito de la ciudad. Era todo lo que necesitaba.
Cuando se está en la playa, en el agua y uno hace el muerto, uno de los mayores placeres es sumergir la cabeza, salvo la nariz, bajo el líquido y silenciar el mundo. En ese momento, uno sólo siente el agua meciéndolo y se deja arrastrar por la corriente sin ningún punto de apoyo. Es un gesto inocente que, a su vez conlleva un peligro si uno no es consciente de la fuerza de la corriente y de que puede acabar bien lejos, mar adentro. No obstante es sentir la enormidad del medio marino y de la soledad, es desaparecer del mundo y poder ser uno allí, relajado y tranquilo, sin nada ni nadie que lo disturbe, aun estando rodeado de cientos de personas gritonas: simplemente no las oye uno, porque no está allí. Es encontrar la paz que buscaban los eremitas, sólo que si aquéllos buscaban la altura de los árboles o la incomodidad de una columna, este medio es más agreste y más difícil. Sólo unos minutos, quizá una hora, se te permite esa paz y luego el choque agreste del mundo con sus ruidos. Sea como fuere, Costa se convirtió en esa hora para mí. Ansiaba sumergirme en su marea y en su corriente, ensordecerme voluntariamente y que ella, sólo ella, fuera quien me arrastrara hacia fuentes tranquilas. Ella es mi sitio y mi mar—y no me importa empezar con los viejos tópicos sobre el amor—mi destino. No tardé en comprenderlo. Fue la vía de comunicación entre dos mundos, ya lo he dicho. Me ancló al suyo, al intelectual mientras yo podía permitirme una mejor entrega al siglo. Y así, en su suave equilibrio, pude mantenerme como quien camina sobre el mar con una tabla: nunca cae a ninguno de los lados y siempre parece que va a hacerlo hacia los dos.
4 años, 1460 días de felicidad infeliz. Son muchas bandas sonoras, muchos argumentos, muchos cortes en la película, comienzos de rodaje nuevos. Me llevaste de tu mano y te descubriste como una escritora prometedora. Cuatro años mayor que yo, nuestros estudios eran los segundos que acababas. Los hacías por el placer de conocer lo que había antes que tú en la literatura. En aquellos años que me llevabas de adelanto habías ganado algún premio menor por los relatos que escribías y tu único relato largo estaba siendo leído con detenimiento por una de las editoriales de mayor prestigio del país. Estabas casi segura de ganar un premio que te diera a conocer. Esa eras tú: segura de tu destino y de tu futuro de escritora. En esos cuatro años salió tu novela triunfante y me sentí como testigo único de la magia de la ilusión que compartiste conmigo. Mientras tanto, yo acababa la carrera y buscaba acomodo en el disperso y complicado mundo laboral de las humanidades. Y una vez más me salvaste por conocer editoriales que me fueron dando trabajo. Y éramos uno, no más que uno, que buscaba y vivía junto. Era nuestra relación algo estable y tranquilo, había sonrisas a nuestro alrededor, quizá envidia, quizá felicidad. Los augurios eran excelentes. Y yo comencé a escribir también, imposible equipararme a ti, pero sí poder compartir más inquietudes. Sólo un pero existía, yo era aún demasiado joven, mucho más joven que tú. Y no me asomaba al abismo de la madurez como tú, para mí todo estaba abierto a mis años y tú te acercabas al tercer número, mientras yo me divertía y vivía en mis veinte. Aquella frontera siempre salvable podría convertirse en el infranqueable cañón de nuestras vidas.
Te amaba, no tenía nada más claro en mi vida. Te seguía por ello y te admiraba. Soñaba contigo cuando estabas lejos. Quería ir de vacaciones contigo incluso cuando los dos pasábamos días con nuestras familias. Disfrutaba ir a tu pueblo del norte y departir con tus padres a los que tanto estimo. Costa eras mi todo, a mi alrededor el resto de cosas eran sólo satélites prescindibles. Y si no ceso de repetirlo es porque quiero convencer al mundo de que así era y de que mi gesto fue el más doloroso jamás sufrido. Tengo en mi memoria cientos de momentos con mis amigos, pero siempre hay un hueco en esa fotografía. Es una imagen feliz, porque ellos son y serán imprescindibles, pero no estabas tú que me aguardabas a mi vuelta para hacernos uno en un beso de reencuentro.