viernes 23 de diciembre de 2011

And I love her (y 8)

Pero tú querías más, quizá necesitabas más. Un compromiso más profundo que nos uniera, finalmente, en el verdadero uno que buscábamos. El trigésimo cumpleaños era para ti un disparo de salida y no querías esperar demasiado para hacer una salida nula. No hablabas de matrimonio, pero sí de sus alrededores. No hablabas de familia pero yo sabía que no salía de tu cabeza la idea de hacer crecer algo entre nosotros en el que ya no fuéramos sólo dos. Yo lo sentía, había una perturbación en la fuerza entre nosotros. Y un día me lo pediste, Costa. Me dijiste que querías ser eterna conmigo y hacerlo oficial. Y que se pudiera escindir el brazo de nuestra estrella de mar y que nos prolongara en el tiempo. Tú estabas lista, segura. Me mirabas ansiosa a los ojos y deseosa. Tu carrera estaba encarrilada y podías dar un paso más. Pero ¿y yo? No, no lo estaba y se abrió ante mí el desierto del terror a correr demasiado. No estaba listo a dejar atrás el hedonismo al que estaba entregado en no pocas partes de mi vida y asumir grandes responsabilidades. Ni siquiera estaba seguro de estar disponible para un mayor compromiso más allá del que en ese momento teníamos que, como suele pasar, era el mínimo: el seguro obligatorio, podría decirse en una metáfora bien pobre. Y tú aguardabas mi respuesta, cada vez que nos veíamos. Pero dije no. Preferí que fueras feliz con alguien que fuera capaz de comprometerse contigo como tu esperabas y como tú deseabas. Esa persona que te diera lo que buscabas, hijos incluidos y que yo no sabía o, quizá, no quería darte en ese momento. No Costa, no fue cobardía sino honradez. Fue desearte felicidad y no una huida hacia delante. Podía haberme quedado, estoy seguro, haberme cerrado, pero ambos hubiéramos sido infelices y tú no te merecías aquello. Costa, la honestidad es una de las actitudes más complejas de tomar en una relación en la que el amor está en su cima. En aquel momento yo hubiera sido capaz de morir por ti, pero no quise sucumbir a mis deseos y darme, sino darte la opción de que fueras feliz. Sin duda fue la decisión más compleja que jamás he tenido que tomar. Un paso hacia delante por ti y para ti. Aunque creo que nunca lo entendiste bien, que siempre me tomaste por un cobarde. Quizá, aunque trato de convencerme de lo contrario, es lo que fui aunque yo vea otra realidad. Pero no lo hice, sinceramente, por cobardía sino por amor.
Quizá en el fondo de mi ser albergaba la esperanza de que no encontraras a nadie y que, pasados unos años, podría volver cansado de la vida y pleno de experiencias a seguir una existencia contigo. Porque sé que a aquellas alturas de mi vida, no había dejado de existir el Alejo egoísta de hacía unos años. Que seguía siendo ese joven entregado a la vida que buscaba un camino sin importarle a dónde éste podría ir. Entregado al hedonismo y al futuro. ¿La escritura?¿Los guiones de cine?¿La crítica literaria? ¿Otras cosas? Todo me interesaba por igual y en todos quería hundir mi hocico y probar suerte sin saber si podría darme o no. Pero confiaba en que allí estarías tú a mi vuelta esperando—o no—por mí. Si no esperabas por mí, me dolería, pero había sido yo quien había jugado mis cartas en aquel farol a la vida. Porque fue un farol decir no al amor cuando se está plenamente inmiscuido en él. Fue en aquel momento, en aquella decisión cuando nació el chupón. La brusquedad del corte, lo profundo de la herida, los hondos sentimientos entre nosotros crearon un agujero negro donde tú eras el centro y que, sin yo saberlo, me castraba psicológicamente para otras relaciones. Nacía en mi corteza algo que me permitía vivir pero sólo en apariencia pues en momentos cruciales yo sabía que eras tú lo que necesitaba tener al lado para soplar en mis alas, como en cierta canción americana. Sí Costa, no quería admitirlo, yo te había alejado, y sin embargo te sentía dentro y cercana pero bien lejos. No podía llamarte, no podía hacerte partícipe a no ser que quisiera hacerte más daño del que ya te había hecho. Por aquel entonces me escribiste en una de tus historias; testamento literario de lo nuestro.
Después de ti tengo claro que el amor ni se crea ni se destruye. Como mucho, igual que la energía, se transforma. Pero siempre queda ahí, rescoldo que se avivan o no en función de factores que el ser humano no comprende. Hablo de todo tipo de amor: el eros pasional que nos consume y que nos lleva de la mano de la locura; el ágape donde las pasiones juegan un papel menor y donde, me parece a mí, prima la entrega al otro más absoluta, una entrega ciega al amor como idea más que como pasión. Entre los dos, el amor como idea y entrega y la pasión el sentimiento siempre está ahí, cercano y quemando. Sólo quien lo ha sentido puede saber qué es y describirlo resulta inútil, como inútil es describir otras pasiones, porque si de por sí son irracionales, entonces no puede dárseles una explicación lógica. A veces el amor se transforma en odio, pero sigue siendo amor en cuanto en tanto sigue la persona amada/odiada en nuestra mente. El sólo deseo del daño ajeno, esa rabia, esa envidia que puede nacer, no es sino el lado oscuro del amor. Pero amor al final. No era mi caso, Costa. Tú, me temo, te convertiste en la idea del amor para mí, en el único. No se transformó demasiado, sólo dejó de ser accesible: le puse una barrera por decisión propia y para volver hubiera tenido que pagar un peaje, o quizá hacértelo pagar y no estaba preparado para ello. Y por eso nació el chupón, por la fuerza de esos rescoldos en mí.

Carretera nacional 111, hacia el kilómetro 156. Una curva no demasiado cerrada después de una recta que sirve de pista de despegue para arriesgados conductores que quieren adelantar a camiones demasiado lentos. Un cartel anuncia un “tramo de concentración de accidentes” y las señales recomiendan una velocidad máxima de 70 kilómetros por hora. La descripción de la carretera la define como carretera de primer orden que une Medinaceli con Pamplona pasando por Soria y Logroño. En la actualidad algunos tramos están siendo transformados en autovía. No es el caso de esa larga recta en la que los impacientes juegan con su vida en adelantamientos extremos a vehículos de mas de doce metros. Conozco esa carretera como si la hubiera construído. Primero por haber pasado en dirección al pueblo norteño de Costas repetidas veces: visitas a sus padres refugiados en la estepa Soriana, escapadas de fin de semana a su pueblo donde los fuegos de artificio de nuestra relación inundaban todo con su luz y otras tantas en las que condujimos por ella con un solo objetivo: amarnos. Una carretera peligrosa, con suficiente tráfico de camiones como para poner a prueba los nervios más templados, sin suficientes ocasiones para adelantamientos seguros, curvas cuyo peralte sorprendía…no, no es, no era una buena carretera. Quizá por eso la estén convirtiendo en autovía. Aunque, Costa, ya es demasiado tarde para ti que dejaste la vida en sus rincones. Nadie sabe, no lo sabremos, qué pasó. Una curva tomada demasiado rápido, un animal que cruza sorprendiendo, un despiste, velocidad extrema—conociéndote apostaría por esto último—no podemos saber. Pero allí en la curva señalada como punto negro tu Opel Astra desvió su ruta, dio tres vuelta de campana y catapultó tu alma hacia el infinito.
Eran las 12 del mediodía, hora del ángelus, y como una anunciación fatídica mi teléfono sonó con un número de prefijo desconocido. Podría repetir los movimientos: descolgar, responder, aguardar a que una voz entrecortada comunicara algo, una frase corta y trastabillada con un nudo en la garganta, creo que fue tu hermano pequeño, o quizá otro familiar masculino, quién sabe, a quién le importa. Sé que mi madre me miró en aquel momento y que vio mi lenta transfiguración. Me senté mientras asentía. Dejé el teléfono sobre la mesa y durante una eternidad guardé silencio mientras mi madre trataba de comprender qué estaba pasando. No lloré. No lo hice en aquel momento, no he tenido lágrimas nunca. Se niegan a salir por la impresión que me produjo y que funciona como un dique de contención a esa emoción. Quizá es tan fuerte que no cabe por el hueco mínimo de mis lacrimales. Quizá no es posible que salga, es posible que tenga que vivir siempre con ella y que si lloro se ahogue en el agua de mis ojos. Sé que tomé algo para dormir y que fue el sueño espeso de las pesadillas porque al despertar todo estaba igual y tú ya no estabas. Eras sólo un cuerpo frío en una sala forense donde te harían la autopsia para descartar una posible alcoholemia. ¿Qué es el cuerpo muerto? Que falta en él que hace que desaparezca la humanidad y que ya no podamos reconocer al ser querido que fue. Porque un cuerpo muerto sólo es la carcasa del ser que conocimos. No podemos reconocer en él nada que fuera nuestro. Porque lo físico sólo es un pasajero que nos ayuda a convivir con el interior que es lo que nos enamora, lo que nos acompaña, lo que realmente hacemos nuestro. Un cuerpo muerto, como una fotografía, sólo nos colabora en el recuerdo pero no es nada. Quizá por eso nos gusta taparlo con tierra y lápidas, porque verlo sin vida es doloroso, más doloroso que nada en este mundo pues lo realmente importante es lo único que realmente nunca volveremos a ver. Y eso eras tú, Costa, en aquella sala. Tu ser, tu idea había vuelto a su mundo y montaba otro caballo aprehendiendo la belleza de lo idílico para, quizá, volver a caer en un cuerpo afortunado que durante muchos años trataría de recordar aquel mundo al que pertenecía y que le había sido hurtado.
¿Debo volver a los lugares comunes sobre la muerte del ser amado? ¿Debo reescribir aquellas páginas gloriosas que ya escribiera Jorge Manrique; debo unirme a Quevedo en su fantástico verso de cierre sobre la eternidad del amor? ¿Debo instalarme en aquellas palabras tantas veces leídas y nunca asumidas?. Sí, estoy en ellas y ellas han devenido verdad absoluta para mí. No voy a repetirlas, no voy a escribir más sobre ello. Por dolerme me duele hasta el aliento, y son muchas las cosas que quedaron rotas en aquella curva. Pero si ya están escritas, no voy a mejorar a quienes encontraron el camino para aliviar su dolor. Porque yo no lo he hallado. Estoy instalado en él, que absorbe mi energía y mi memoria. Que me quita lo que soy y lo que seré durante largos años. Pues el recuerdo borra lo doloroso y mantiene vívido lo placentero y ahí a donde miro recuerdo el placer allí encontrado.
Este es mi chupón, mi rama abatida y maltratada. El agujero negro que me roba la energía y que me mantiene en una posición que podría ser entre miedo al amor y miedo a perder el recuerdo de Costa. Porque a veces pienso que si vuelvo a amar como amé a Costa, si es posible—aunque lo dudo—la perderé en el marasmo de las nuevas sensaciones y no quiero, no puedo permitirlo. Costa tu luz aún brilla en mi inmensa oscuridad. Allá donde miro estás tú, cuando recorro los lugares de tu vida, cuando leo tus historias. Cuando en unos días acuda a la presentación póstuma de tus escritos y vea como desprestigian tu presencia y cómo alaban con falsedad gente que ni siquiera te conoció. Cuando me muerda los labios para no montar un número. Yo sigo siendo yo y sin embargo me he enquistado en tu ser. No puedo crecer en el amor, al menos de momento. Si me he atrevido a escribirte es por la enorme necesidad de convertir la madera de mi chupón en papel y así poder crearte en negro sobre blanco, en la ominosa esperanza de atarte a mí.
Este es mi chupón y aquí lo dejo plasmado; para cantarte y para tenerte. Es el comienzo de la poda que lo debe arrancar para que la salvia pueda segur adelante y dar vida otra vez. Un corte doloroso a la par que necesario para que tú sigas ahí pero sin absorber mi existencia y mi vida. Porque tu recuerdo estará siempre conmigo pero debe dejar de castrarme para el amor. Y estas páginas, las primeras que te escribo, son el comienzo. Plasmarte me alivia y te hace más universal, más de todos, menos mía. Contarte me libera lentamente y siento cómo la salvia me recorre. Es complicado, rechazaré a muchas mujeres en el temor a perderte, pero espero que algún día me dejes dar el paso que me haga un nuevo Alejo sin renunciar al antiguo. Serás mi reliquia y mi luz, pero no me anclarás al suelo como ahora. Te amo, Costa, te amaré y nuestro amor será irrepetible. Pero espero que igual que te di la oportunidad de ser feliz, me lo permitas tú a mí dejando de ser ese nudo en mi corteza que yo mismo me cree por egoísta. El día que te conviertas en simple constelación sobre mi cabeza…

2 comentarios:

Sensaciones Sensation dijo...

Duele, duele el alma, duelen las letras, duele...

Un beso!!

Lola Mariné dijo...

Felices fiestas!