jueves, 14 de febrero de 2013

Titanic


Lorenzo estaba seguro de haber sido otra persona en una vida anterior. En su afán demostrativo había aportado pruebas—refutables todas ellas—de que él había muerto en 1912 ahogado en el Titanic.

La primera vez que me lo comentó, no sabía qué era. Me comentó un extraño sueño en el que se había levantado espantado, sudoroso, pero sin el alivio que dan los gritos. No podía expresar palabra y así, como ahogado—verbatim—volvió a dormirse en un sueño inquieto. Me contó que su madre lo había despertado completamente arropado por las sábanas una de las cuales le tapaba todo el rostro y que al liberarse de las ataduras nocturnas tenía ciertas marcas—siempre desmentidas por la madre—en el cuello, como si algo lo hubiera martirizado, arañado durante el sueño. Me lo contó una fría mañana, neblinosa, de las pocas con ese atmosférico en la ciudad. Y pensé que el tiempo iba a cambiar pronto y que, igual que otras personas adolecen de ciertos dolores en los huesos con la meteorología, Lorenzo sentiría de sueños o pesadillas.

Yo no sueño. Aunque expertos en avatares cerebrales—psicólogos en el vulgo—dicen que es imposible que eso suceda. Yo insisto en que si sueño, no recuerdo. Y, como no recuerdo, puedo decir que no sueño, porque no ha habido nada que me moleste por las noches. Es mentira, en parte, porque sí que he soñado algunas veces. Pocas. Algunas de ellas bien angustiosas, de las de alzarse gritando en las noches aterrorizado. Recuerdo 3 en mi vida adulta, mi familia de mi infancia dice otras. Pero no las recuerdo y si no hay recuerdo, no existen para mí. Puede ser cabezonería, pero soy pragmático, lo que no se recuerda, no ha existido. Y de lo que se recuerda, existe en función de esos recuerdos. Ahora, claro, resulta más compleja la cosa contando que siempre puede haber algún imbécil que te grabe y estropee el encanto. Ya no hay historias, hay documentos y no es lo mismo.

Lorenzo volvió a soñar con esos ahogos y supuestas marcas—vueltas a negar por su señora madre doña Paz—dos vez más que yo recuerde. Me contaba que él bajaba unas escaleras cubiertas de agua, sin poder respirar y viendo como si la gente alrededor flotara en el aire, que era agua en sus propias palabras, pero que en el sueño, de nuevo según él, era difícil de distinguir pues a pesar de lo vívido uno no sentía la humedad…no obstante, dijo, los sudores no eran tales sino restos del agua.  Contradicho. No quiero adelantar, pero la madre nos comentó en petit comité que a sus años seguía orinándose de vez en cuando en la cama. Algo de familia pues el abuelo del niño siguió orinándose en la cama una vez al mes porque, según él, si los animales marcaban el territorio de la hembra, él podía hacer lo mismo. Sí, el abuelo lo hacía consciente una vez acostado, pero consciente. El padre biológico de Lorenzo tuvo problemas de incontinencia hasta que abandonó a la madre por la psicóloga que lo trataba de aquello. Las malas lenguas dicen que más que dejar de orinarse, la supuesta doctora le dio un ultimátum que la madre de Lorenzo nunca supo, o quiso darle. Pero Lorenzo no parecía tener más problemas que el de aquella incontinencia extraña que lo inundaba cada noche. Las poluciones nocturnas que a todos nos acucian a ciertas edades no le llegaron o, si lo hicieron, se le confundieron con la orina que seguía manando nocturna. Eso me ayudó a comprender su ausencia en los no pocos campamentos que hicimos sus amigos, una vez al mes. Nunca vino y pensábamos que su muy posesiva madre no se lo permitía por falta de fondos, aunque le habíamos ofrecido pagarle alguna estancia. No impedía nada de esto, ni los sueños, ni su incontinencia que Lorenzo fuera un niño feliz, nacido en un país próspero. Eran mediado de los 90.

Teníamos 16 años para 17 cuando estrenaron la primera versión de Titanic. La película llegó, cómo no recordarlo, rodeada de una estela comercial que la hacía cada vez más atrayente para los jóvenes. Las chicas, enamoradas sin piedad de Leonardo di Caprio, pedían a los chicos que las acompañaran y les dieran la mano mientras se hundía el infinito el pelele con el rostro del actor. Yo creo que los chicos, salvo los marcadamente homosexuales, íbamos a ver si entre lágrima y lágrima, podíamos meter mano a la chica que sollozaba sobre nuestro hombro. Del mismo modo, vi, por primera vez en mi vida, muchachos con muchachos. Y aunque no era una aberración para mí, educado en las libertades, fue un poco chocante ver aquello por primera vez. Me río ahora, años después, cuando tengo tantos amigos casados con hombres con los que, como no puede ser de otra manera, convivo. Pero entonces fue la primera vez que observé aquellos comportamientos. Pero no tiene nada que ver con mi historia, y disgrego demasiado. Yo fui al cine con Lorenzo y dos chicas. Me fascinó la película. Me semejó majestuosa. Aquel film era una maravilla de la técnica. Ahora que han pasado los años creo que estaba sugestionado por tantas cosas escuchadas alrededor de aquel nombre. Y es que quien estuviera allí, consciente, recordará cómo hasta los noticieros de las principales cadenas del país llenaban parte de sus espacios hablando de aquel mítico barco sumergido por azares del destino. Se buscaban, en los mismos telediarios, imágenes antiguas, se explicaba la leyenda, se hablaba. Hubo una de esas fiebres fílmicas, no era la primera, no fue la última.

Lorenzo estuvo en éxtasis toda la película. Como traspuesto, los ojos perdidos en la pantalla. Creo que se orinó encima, aunque él juró que el refresco con que entró a la sala se le había volcado en los pantalones. Recuerdo que al salir del cine se fue, dejándome con las dos muchachas y arruinándome la noche, pues la que se quedó sola, ambas compañeras del instituto al que también acudíamos mi amigo y yo, comenzó a aburrirse y a desear volver a casa, ante lo cual no quiso o no pudo negarse la otra.

Cuando volví a ver a Lorenzo, unos días después, pues había estado enfermo—un gripazo, según él mismo (lo que me contó luego la madre, fue otra cosa)—no era el mismo adolescente que yo conocía. Se había quedado arrobado. De mirada perdida, sonrisa falsa. Mantuvo el primer puesto en el instituto y fue a la universidad un año después. Ahí le perdí la pista. Yo me dediqué al periodismo, creo que él hizo historia.

Volví a saber de él hace menos de un año. Su foto aparecía en la página de sucesos de un periódico de segunda clase, un panfleto morboso. Muerto. Apareció flotando en el lago de la Casa de Campo, descubierto por una prostituta que hacía un servicio contra un árbol. La muchacha de origen africano, vio algo raro, que no era una barca, flotando sobre las aguas del lago, borroso con las primeras luces del amanecer que hacen que todo parezca azulado. Se llevó un par de bofetadas, declaró en el informe al que tuve acceso, por no chuparla bien. A la segunda salió corriendo bajo amenazas de muerte. Llamó a la policía, diciendo que era como los cuerpos que ella veía desde la patera de los compañeros muertos en la travesía que la había traído de un infierno a otro. La policía encontró, efectivamente, un cuerpo de un varón de unos treinta y tantos años ahogado. Era la mañana del 15 de abril de 2012 y se cumplían cien años del hundimiento del barco más avanzado para su época. En una escueta nota, Lorenzo Cepeda León decía que era su destino cien años después.

1 comentario:

Argax dijo...

Un auténtico placer volver a leerte.

Respecto a esto de descubrir cosas de uno mismo a través de las películas románticas de la época pues en mi grupo de amigos pasó que Entrevista con el Vampiro era como una especie de prueba iniciática sobre las posturas que ibamos a tomar en el amor.

Ojalá los futuros o destinos más positivos fueran más fáciles de cumplir, pero... es más fácil flotar en el lago de la casa de campo.