lunes, 7 de septiembre de 2015

La melena breve, las gafas, como la mirada, inteligentes, cuerpo ligeramente enjuto y, lo más interesante, lo más atractivo, lo más cautivador, un libro entre las manos. Los ojos breves y azules recorrían las líneas rápidamente, ajenos los oídos al ruido de aquella estación de Metro, hormiguero sonoro e irrespetuoso en el que ya poca gente se refugia en la lectura del papel impreso. Por eso me gustó. Por eso decidí sentarme a su lado. La falda por debajo de la rodilla, aún de verano por el tejido y una blusa semi-cerrada que dejaba imaginar unos pechos redondos y virginales, apetitosos como dos melocotones sin morder en una tarde de canícula. El olor a sudor del mediodía pero mezclado con una cuidada limpieza matutina era leve y sólo tan cerca como me encontraba sería perceptible. Sin darme cuenta me estaba poniendo cachondo. Hacía años que una mujer no me hacía sentir vivo. La última que lo hizo…bueno, mejor no recupero memorias dolorosas.
El tren sonó sin verse, quedaban unos pocos segundos para que apareciera y ella se levantó, grácil, cerrando el libro, uno de un tal Marías, y deteniendo la página con el dedo. Qué hermosura enhiesta. Era el momento, ya me había hecho perder mi ser, tenía que acercarme lentamente y en el momento adecuado hacerlo, sin miedo para poder superar mis miedos. El tren se detuvo a la entrada de la estación y entró más lento de lo normal. Cuando los faros estaban a unos centímetros de aquellas esculturales piernas la empujé. Y sentí crujir sus huesos bajo las ruedas metálicas, el rostro desencajado del conductor, gritos de la gente, el tren sin llegar a completar el andén y yo eyaculé en los pantalones nuevos que me habían dado al salir del sanatorio. Ah, tantos años sin sentir aquello y nada más ver la luz del sol y sumergirme en las entrañas urbanas pude hacer el amor sin dudarlo, qué extraña sensación es el orgasmo que ni siquiera me percaté de que me pegaba la policía ni que me llevaban, ad eternum a esta celda en que cumplo mi condena. Ya no habrá permisos, pero mereció la pena follármela.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Me dices que el pasado siempre vuelve, que nada de lo hecho, ni siquiera huyendo hacia delante, se deja realmente detrás.

Tiemblo un poco, lo mínimo porque sabía que este momento iba a llegar. Debería haberme ido mucho más lejos, a un lugar incógnito, donde poder disfrutar de la anonimia. Pero no en este país, si no en otro, quizás al otro lado de las montañas, o del océano, pero no tan cerca donde llegar en barco cueste menos de 24 horas. Un vuelo de más de 15 desalienta. Pero no lo hice. Tampoco teñí mi pelo, ni engordé y/o adelgacé. Ni tuve cuidado con las llamadas, y de donde tú vienes, tan pequeño y tan chismoso, pueblo de mierda, todo se sabe. Y para tantos mi pequeña huida era un pecado a pagar con lo que vienes a entregarme, la muerte. Sé rápido y no me hagas sufrir, no me cosas a puñaladas, por favor, odio la sangre. Por suerte has traído tu escopeta de cazador de piezas mayores, para cuando quiera darme cuenta estaré yaciendo en el suelo y por la fuerza del disparo, si tengo alma ésta saldrá despedida del cuerpo. Quizá lo merezco por estúpida, porque pensé que a pesar de la primera hostia después de no correrme como una perra en tu coche, fue sólo una. Luego vinieron más y por razones tan nimias como aquella: no gritar como una puta, quemar la comida, no abrir la puerta cuando venías borracho del trabajo…tantas hostias que no puedo contarlas. Decidí tomar aquel autobús, el único que pasaba por allí y todo el pueblo me vio. En realidad, sólo la Encarna, la panadera, hija de perra, que no tardó en correr el rumor de mi salida. Lo sé, porque mi madre me lo dijo en una de las pocas llamadas que le hice para no darle pistas de dónde vivía. Y fui feliz, y pude rehacerme, y sobrepasé mis miedos y tengo un nuevo novio, respetuoso y cariñoso, que no sabe ni qué es la violencia. Espero que llegue después de que me mates, no quiero que le hagas nada a él, que está por llegar para un polvo apetitoso antes de salir a cenar con los amigos que nunca preguntaron mi pasado y que aceptan que tenga miedo a casi todo sin cuestionarme. Así que hazlo ya, sí, lloro, pero hazlo, ten cojones por una vez en tu vida, fue mi culpa no ocultarme mejor y dejarte entrar, y abrirte la puerta sabiendo a qué venías. Seré una más en los diarios que saldrán mañana en la alborada.